17 septiembre, 2011

La apetencia se quita con jabón. La vesania no.

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Ya es de noche y aún no me he bañado. No me he sometido a las caricias del agua a chorros porque no quiero que se borren las tuyas de esta mañana. El cansancio ha abarcado gran parte del dia; fatiga física, mental. Y entre la cama y la cocina el día no ha tenido mucha diferencia; puedo comer en la cama, soñar en la cocina, y recordar en el pasillo, con la almohada, o con un vaso lleno de agua.

Ya es de noche y no he tomado una ducha pero no porque el cansancio lo haya impedido. Simplemente no quiero arrancarte de mí todavía. Me niego. Ésta es mi única forma de hacer que te quedes un poco más de tiempo. Cierro los ojos y, aunque no recuerdo tu olor, mis dedos aún recuerdan tu piel, y yo tus caricias, tus besos, tu sudor, tu calor, tus ganas de mí. Hoy no he sido nada pulcro para poder seguir sintiéndote aquí, aún. Podré tener los labios secos y el cuerpo agotado, pero continuar así también vale la pena si la memoria se perpetúa.

Abro los ojos y veo el techo pensando que vas a regresar, que lo sucia que está mi piel no se compara con lo sucia que estará después, cuando aparezcas, cuando regreses, cuando te vuelva a tener aquí y podamos volver a sudar arropados únicamente por nuestras piernas y abrazos.

Regresa a mancharme la piel, regresa a volverme a hacer sentir, regresa y no te vayas. Ensúciame con tu boca y tus deseos. Mi innata tarea será lamer toda mancha como un gato para también tenerte dentro y no solametne entre mis poros como una hoja que se puede robar el viento o el agua templada de la regadera.

Ya es de noche, te sigo esperando, y tú hace mucho que te has marchado.

 

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19 agosto, 2011

Valeriana officinalis.

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Anoche, para dormir tranquilo, Marco cerró los ojos y empezó a pensar en la tez de Alma. Nunca se lo ha dicho pero siempre le ha gustado su piel. Despertar con ella es como volver a ser un niño que come un helado. Y es hermosa. Siempre, por alguna razón, la siente frágil y a la vez protegida en ella; es delicada pero fuerte, con la frescura y dureza de la porcelana mezclada con lo suave y maleable de la seda. Al tacto es como si algo se pudiera rasgarse en añicos o romperse en hilos. Preciosa.

Ayer se acostó así, pensándole cerca, simplemente para atraer un sueño. Una vez cerrando los ojos, imaginó su hombro cerca de su oído y sonrió. Comenzó a pensar en describirle y empezó a respirar profundo. Y le abrazó, le sintió, le olió. Estuvo a punto de darle un beso pero sabía que no estaba ahí. Sólo cambió de posición y volvió a sonreír justo antes de lograr dormirse. “A veces, sólo quisiera hacerte ver que me encata tu piel. Que te quiero, y que me encanta tu piel” –pensó.

Hoy, ya despertó. Pero todavía sigue pensando en ella.

 

4 agosto, 2011

Cuatro testas, tres patrañas, dos moradas, una villa.

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La panera estaba vacía, así es que decidí salir a comprar pan. Ése fue el suceso que cambió el día; la panera vacía. Salí de casa al lugar más caro pero que no está tan lejos andando, valía la pena caminar lo menos posbible bajo ese sol de verano que nos cuece poco a poco la piel como si nos estuvieran cocinando. Una vez adentro, por azares del destino, dejé que el tiempo volara y que todo lo que tuviera que ser pasara. Mi afán de tener todo en casa para cuando se ofrezca (o cuando yo quiera) se apoderó de mí y de mi paciencia.

Era cualquier otro día de calor sin relevancia. Los grados centígrados así lo decían. Era como el día anterior pero ese anochecer tenía algo más; Roberto estaba por entrar a la casa. Ya había logrado forzar la cerradura y abría la puerta poco a poco. La luz estaba apagada dentro y fuera. Había planeado esto desde hacía meses y había observado la casa por semanas. Hoy era el día. Hoy, y a esa hora. No había nadie en casa como era costumbre y, para él, supongo, era recuperar hoy sus cosas o no volverlas a ver nunca.

Eva, según yo, se había quedado en casa. Tenía una cara que tampoco era la de todos los días. A veces sólo quisiera un poco de mota, lo sé. Así nada más, porque quiere, porque quiere y no debe. Un porrito y alejarse unos segundos de la realidad con su música preferida, la misma que ni a todo volumen logra apartarle de sus pensamientos gritando al mismo tiempo, y que lo único que logran es su agobio y no su atención. Un porro. A veces dos. Pero hoy no tenía ni para comprarse un mechero. Probó un cigarrillo, luego un segundo, y no pasaba nada.

Dos barrios más abajo del nuestro vivía Bertha, una de tantas (como todos) que quería renunciar a su trabajo. Estaba a punto de doblar toda la ropa que había lavado y estaba seca, y pensaba al mismo tiempo en que debía comenzar aquel proyecto que tiene en manos pero del cual se desanima casi al instante de abordarlo. Bertha era una niña bien pero no por elección, y eso también la agobiaba. Odia los protocolos y el andar con demasiada propiedad, pero esas son cosas que, al crecer así, ya no tienen solución. Lo que sí la tiene es el trabajo, y por lo pronto pensaba que el lunes renunciaba porque ya no podía más.

Y es que la procrastinación en Bertha es su modus operandi; su vaso con agua en ayunas, su falta de constancia en el ejercicio, sus tardes perdidas, sus pocas ganas de hacer todo y muchas de hacer nada. Renunciar al trabajo es inconscientemente la mejor excusa para poder seguir con el ritmo de vida que se ha apoderado de sus bailes entre la recámara, el baño, la recámara, la cocina, y la recámara con la televisión encendida aunque nunca la vea en todo el día. Sólo piensa en irse a la cama y acomodar la ropa que hay por doblar ahora sobre el escritorio, para que no se arrugue mientras no la dobla.

Eva, por el contrario, prefirió irse a la calle. Fue a pillar lo que fuera que se pudiera fumar con crédito. Seguro que le dejaban pagarle el próximo fin. Total, faltaban ya tres días para que llegara y saben que ella no falla. Además parecía no poder tener otro día como hoy de forma consecutiva. Ni supo qué se había puesto para salir, pero seguro que su combinación de amarillo, gris, vaqueros viejos, y zapatos cafés no eran la mejor pinta que haya tenido en días; total, voy y regreso, no es como que he quedado con alguien o me voy a topar con algún conocido –pensó, y siguió por donde iba.

Mientras tanto, en nuestra casa, Roberto ya estaba dentro y, por inercia, prendió la luz olvidando el destello del recibidor que llega hasta la calle. La apagó inmediatamente y continuó caminando a obscuras. La casa la conocía bien, podía entrar sin ser visto porque había vivido ahí. Sin embargo, al ver las fotos, la mesa arreglada lista para alguien más, y percibir otra vez el olor con el que hasta hace algunos meses despertaba cada mañana, se arrepintió. Se detuvo en la entrada de la habitación (su antigua habitación) y casi sonrió.

Pero tras sonreír, recordó también lo malo que le tocó vivir ahí, y no hubo poder humano que le hiciera dar marcha atrás; rompió marcos, quebró aquella mesa de vidrio que tanto les había costado comprar, y como firma de ladrón jaló las cortinas del salón y desahogó toda su furia. Todo, después de haber cogido sus mancuernillas, sus trajes y la única carta que me había escrito, escondida donde yo siempre guardo lo que estimo; en el hueco que queda quitando el cajón más bajo del lado derecho de la cómoda. Se llevó la carta también porque no quiso dejar rastro de su vida ahí. Salió, y se fue directo a casa (su nueva casa).

Ahora que lo pinenso, sinceramente, creo que la panera también era un pretexto para salir y desahogarme. Había estado todo el día en casa y Eva no había tenido la mejor cara, algo le pasaba. Pretexto para salir y para usar la panera una segunda vez. Mis tontas ganas de estrenar, como niño con juguete nuevo, y en realidad soy sólo un tipo con un sueldo regular, cuyos juguetes son ahora cosas para la casa, la oficina, y aplicaciones para el móvil. Así, algo triste en palabras pero en realidad la clase de tipo que disfruta de los pequeños placeres de la vida, como prepararse dos rebanadas de pan (sacado de la panera nueva) con mantequilla y mermelada.

Mantequilla y mermelada, así es como a mí me gusta. Y todavía no logro evitar acordarme que a Roberto le gustaba con mantequilla de maní. Integral, mermelada, y mantequilla de maní, pero eso ya no es algo que importe. Mi presente es este presente, uno de pan blanco, del importado, y con una panera nueva.

En el transe de mis desvaríos y cuentas decidí enviarle un mensaje a Eva para avisar que ya iba a casa y darle una sorpresa.

Mientras yo perdía tiempo en el súper y Roberto terminó de hacer de mi casa otra casa, Eva llegó a la puerta de Bertha y, después de una pequeña súplica que ella sintió como arrodillarse, Bertha le dió el chocolate paquistaní que siempre le tenía guardado. Cerró la puerta y Eva se fue. Bertha yendo hacia la cama marcó al móvil de Roberto para ver si había alcanzado abierta la tintorería, éste le ha dicho que solamente tenían listos sus trajes, que su vestido y las dos blusas estarían hasta mañana, un error de la encargada. Le mandó un beso y le dijo que estaba abajo al tiempo que deja unos guantes de piel en el contenedor de basura. Abre el portón, y al ir subiendo las escaleras se topó con una chica guapa de pelo corto y pintas de calle que no le iban ni a su físico ni a su manera de bajar las escaleras. Si hubiera sabido quién era no la hubiera saludado, pero en cambio eso ha hecho y ella respondió al tipo de los trajes con una sonrisa incómoda pero educada. Era Eva, quien a tres pasos de salir del portal, justo antes de que la forja tronara sobre sus huellas, recibía mi mensaje que decía: cariño, he comprado el pan y ya voy a casa, pero he pensado en darte una sorpresa así es que te invito a cenar. Saca una de mis camisas nuevas y tú alístate y ponte más guapa. Te veo ahora.

Pero sorpresa fue la que me he llevado yo al llegar a casa y verla con la puerta abierta, oliendo a un extraño vacío y saber que la última persona que había salido de la casa no había sido ella.

 

24 julio, 2011

Escarbando en los reflejos.

Volver atrás, imposible. Ir adelante, inesperado.

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En algún momento pensamos que la vida va a detenerse de forma pacífica, como cuando le das una calada a un cigarro o inicia un suspiro, creemos que no va a detenerse abruptamente como en un paro cardíaco o como con la muerte, simplemente va a a tener una pausa, sólo un momento, para ponernos un espejo enfrente y decirnos “aquí estoy, ésta soy yo, la vida que te toca, deja de buscar.” Y luego nos damos cuenta de que no es así. Esto no va a parar.

Cuántas veces hemos estado en situaciones en las que hemos querido que la vida se detenga, que ése abrazo dure siempre, que nunca nos levantemos de esa comida familiar en la que todos a nuestro alrededor sonríen, que ese amanecer de color cálido y temperaturas fuertes dentro de las sábanas no se pase jamás porque estamos con quien queremos, o simplemente que el cheque de la quincena pudiera gastarse sin que se acabara, pero no es así. Todo pasa. Y, aunque no lo veamos, siempre hay más.

La vida tiene siempre el espejo para que la veamos aunque no siempre de frente. Es el escaparate de la tienda llena de candiles, está en el vestidor en la tienda de ropa, es el lavabo lleno de agua que nos ve la cara todos los días, está en el reflejo de ese piso brilloso en aquel restaurante barato que a veces visitamos. Siempre está ahí, siempre presente, siempre, para que seamos nosotros quienes nos detengamos un momento y la apreciemos, le sonriamos, le agradezcamos. Pero casi siempre la dejamos pasar.

Esperamos algo más, añoramos algo pasado, pensamos en lo que vendrá. Vamos de un lado a otro, de una salida a otra, de calles a edificios, y de la habitación al baño y viceversa. No limpiamos las ventanas, no pulimos los suelos, ignoramos con la prisa la depresión, los pendientes y muchos otros inventos que, donde quiera que estemos y como sea que estemos, aquí está, de frente para verla cuando queramos. Por abajo, por arriba, de un lado, o incluso atrás cuando le dedicamos un rato. Aquí está la vida diciéndonos de un millón de formas “aquí estoy. Ésta soy yo. Disfrútame. Deja de buscar.” Y, aún así, seguimos urgando.

 

15 julio, 2011

Amor mío.

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¿De cuántas locuras te arrepientes? ¿Crees que son más las locuras que nos hacen sonreír en lugar de arrepentirnos? Yo digo que sí.

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Te veo y me parece increíble. Hoy te quedas conmigo. Hoy te quiero aquí y ahora aunque parezca que estás allá y decidas volar mañana. Las oportunidades pasadas son cosas del ayer, las nuevas a las que me abrazo y los logros a los que me aferro son de hoy, de hoy para adelante y, posiblemente, con la vida de mi lado, para siempre.

Porque aunque suene a paranoia, sé que es ahora o nunca, y nunca no está en las palabras que habitan mi mente en estos momentos.

Por eso voy a realizar esta locura, y en ella necesitamos todo dar. Te invito a quedarte, a no partir, a seguir aquí conmigo, a cambiarle el curso a la vida nada más porque sí, porque quieres, porque quiero, porque te quieres quedar aquí aunque tuvieras otros proyectos, porque es mejor quedarnos aquí aunque hasta ayer hubiera más planes.

Amanece conmigo. Amanece aquí. Bajo esta luz, entre estas sábanas, amanece con mis ojos viéndote, o con mis yemas acariciando tu cara. Aprenderé a hacerte el café aunque yo no lo acostumbre. De desayuno, a mí me basta una mirada tuya y la sonrisa que seguro tienes en las mañanas con una rebanada de pan integral. Prometo recibirte al llegar del trabajo con un beso, o igual dártelo yo cuando regrese apenas al entrar. Ya de lo demás Dios dirá. Si quieres tu espacio te doy todo el mío, pero mientras tanto vamos a tratar.

Ojalá escucharas mis pensamientos. Con tan poco tiempo para convencerte, sólo espero a que abras los ojos para decirte todo lo que quiero y hacerte ver todo lo que puedo dar.

Llevo aquí minutos viéndote desde los pies de la cama. No paro de sonreír aunque tú aún no has abierto los ojos. La luz entra detrás mío por la ventana y te ilumina sólo a ti. Me tienes a tus pies como me tiene la cama. Quiero que veas cómo, de la nada, tus palabras serán mis dogmas y tus deseos mi más grande afán.

Si tan sólo despertaras ya.

Quiero que fijes tus ojos en mí. Y si me dices que sí, suelto esas cuerdas que te tienen atada de pies y muñecas a la cama. Te dejo ir. Mira que tampoco me gusta tanto verte así. Podrás salir del cuarto, incluso hasta de la casa, eso y más en cuanto decidas que te vas a quedar.

Anda, dime que sí.

 

11 julio, 2011

Amanecer.*

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Había una bolsa desde hacía dos días de la comida rápida que se pidió, papeles con mocos, bastoncillos para los oídos usados, un montón de pelusa alrededor del bote de basura, empaques de pilas vacíos, y un silencio en torno a todo esto que solamente podía existir ese día aunque el sol y cierto ruido de calle entraran.

Y el sol, otro punto que no ayudaba. En otras mañanas, en otros lados, recibir la luz era agradable, pero ese día no. Lo sofocante de la pelusa en un cuarto cerrado daba grititos callados por toda la habitación, se emocionaba y abarcaba todo recoveco como si fuera un festín y ella fuera la anfitriona tratando de estar en todos lados. El aire no había entrado pero sí el calor, y eso lo hacía todo aún peor. Olores de piel muerta en las sábanas y los muebles eran casi perceptibles, al menos el cúmulo de polvo se hacía presente y el cerebro le otorgaba una etiqueta, un olor, una forma de identificarle aunque sea por un día.

Las sábanas se sentían lisas pero de uso, el color amarillo no era el original, era el adoptado, y el tono de las paredes en la parte que convivía con el suelo era ya de tonos más apagados, casi grises. El ambiente no podía ser más agobiante para el alérgico, más estresante para un ama de casa, o más idóneo para un trabajador de bajo sueldo que se las da de tener poco tiempo para las mínimas medidas de limpieza en una casa (o habitación), pero aún así, no del todo insoportable era para una mujer que acaba de conocer a un tipo “X” en la barra de un bar y decide pasar la noche con él.

Cuando Marta abrió los ojos ya sabía cómo sería el panorama gracias a los olores y el ruido sordo que insistía en entrar por la ventana. Se arrepintió tanto de no haberse llevado al chico a casa, de no haberse ido mejor con sus amigas ya avanzada la noche, pero no de haber estado desnuda dentro de esas sábanas, aunque sí de no haber tirado los condones que habían usado al cesto y seguían en el suelo como niños de fiesta a los 18 años. Pensaba que no había sido la mejor idea tomarse esas ginebras muy bien servidas después del Malibú con el que había empezado. Se arrepintió casi de todo menos de la cara que tenía aun dormida a su lado. Aunque ha salido de puntitas y se ha despedido sólo con un beso y una notita en el buró, algo la llevó a pensar; “si esto pudiera funcionar, sería simplemente un mal hábito que puede cambiar. Que tal vez yo puediera cambiar”.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Ácaros.

29 junio, 2011

Tratado de verdad en luna menguante.

No voy a forzar palabras. Hoy no tengo a quien hablar y mi conciencia hace más ruido que cualquier grito por dar. Me hubiera encantado, no lo voy a negar, pero simplemente ha habido cosas que jamás se iban a dar; ni ese plan, ni ese amor, ninguno de aquellos deseos, ni de aquellos labios el grosor. Pero soy feliz. Soy yo.

Despierto, como, hago, deshago y me duermo. Y así, conmigo, soy yo. Y me gusta mi compañía al igual que las tardes calientes, las noches frías, la lámpara de mesa que se niega a servir, y las desveladas por Gran Vía. Porque así es. Así me gusta la vida, y la haya hecho yo o me haya hecho ella a mí, hoy no voy a forzar palabras para decir que así me gusta vivir (y si pudiera, lo haría para siempre).

27 junio, 2011

La cocina.*

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Desperté. Y sigo aquí. Había olvidado hasta dónde llegaba mi insensatez.

Acabo de darme cuenta que aún tengo los calcetines puestos. Mi locura ha llegado a un límite; dormir aquí, sobre el suelo, bajo la mesilla del centro, con mi almohada y el pantalón del pijama con una camisa de día (el día, que no llegue el día).  Si acaso llegara la mañana y me encontrara despierto, poco me importaría si fuera parte de un sueño. Eso sería un milagro, un acierto, una verdadera bendición.

Pero no es así. Aquí para anhelos no está ni el refrigerador. Ya no se ilusiona cuando voy a hacia él, sabe que no sacaré nada y que todo seguirá como antes; la puerta abriéndose y cerrándose por pura inercia y no por necesidad de algo de comer.

Estoy más cansado que despierto. Sigo despierto físicamente, con los ojos más que abiertos, pero con la mirada fuera de mí. La luz del día aún no llega; la noche todavía entra a gritos por la ventana aclamada por la luz de la cocina y los recovecos bajo los muebles que sólo a estas horas se iluminan. Son las cuatro y treinta de la mañana.

La sangre ha comenzado a fluir con un increíble sosiego, puedo sentir mi corazón y hasta oírlo por el silencio tan pesado que llega a mis oídos. Mis pensamientos se vuelven lentos, revueltos. Su mezcla hace pensar que van con agilidad pero no es eso. Simplemente son mil imágenes en mi cabeza y una canción de rock (de la cual sólo conozco el coro), mientras yo únicamente puedo pensar en una cosa: dormir.

Dormir, y dormir mucho. No dormir por diez minutos completos. Igual lo apreciaría, pero como a un tanque de oxígeno para mí solo dentro de un ataúd tres metros bajo tierra. Un respiro, claro, pero no un alivio total.

Cuando la gente habla de lo peor no sabe ni de lo que habla. Ni morir de hambre, asfixia, o sed debe compararse a morir por no dormir. Con las demás opciones se va perdiendo poco a poco el conocimiento, pero sin dormir se puede respirar, vaciar la despensa a mordidas, tomar agua, pero se está consciente todo el tiempo. El verdadero infierno es la vigilia por algo que nunca llega. Es como si el cuerpo sudara y se calentara a mil grados esperando a que una sola gota de agua le refrescara e hidratara de nuevo.

Mi cuarto en mi mente es como un reino lejano. Allá gobierna la tranquilidad, dos mesitas con lámparas de noche y unas sábanas revueltas y tersas que esperan a un ser con una mente en blanco, no un ente con la mente revuelta, cansancio hasta en el aire, y un par de ojeras que le siguen como putas.

Siento que estoy en el pasillo de un hospital. Por más cansado que se está, ahí tampoco se puede dormir (ni muriendo de ganas). Hay que estar al pendiente, al asecho de noticias, de resultados. Y así estoy yo, pero no tengo ni la más remota idea de lo que espero, de lo que me agobia, de lo que separa mis párpados cada vez que se van a juntar. Le tengo un pánico horrible al despertar, si es que en algún momento vuelvo a vivir el despertar, y si el despertar no regresara ya no sé si sería un problema, al menos sería descansar.

Y es que hace días que no concilio el sueño. Qué digo días, una semana y seis días. De testigos presenciales tengo a mis ojeras y los kilos de más que se han ido. Como último recurso, pueden preguntarle al refrigerador, al horno, o al escurridor, incluso a la puerta de entrada a la casa que me ve ir y venir con la misma cara.

Yo ya no puedo más.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Insomnio.

Inspirado en la fotografía “Insomnia” de Gregory Crewdson.

21 junio, 2011

Tres días antes del día más largo del año.

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Tienes un color precioso –dijo (y, a decir verdad, “precioso” suena mucho mejor con acento ibérico).

Sonreí. Y dejó la parte baja de mi cuerpo sobre ese cobertor de tono cobre y amarillo que se sentía como satín al tacto (por lo viejo, no por el material), como aquellas fundas de la abuela, y continuó besándome las piernas, la entrepierna, haciéndome cerrar los ojos y al mismo tiempo querer abrirlos para no perderme nada.

Descubrimiento: al erotismo que todos tenemos en mente lo supera la realidad encargada de enseñarlo. Aún la imaginación más codiciosa no logra plasmar todo lo que nos envuelve en esos momentos. Ni con los ojos completamente abiertos podemos embeberlo.

Tenía una piel suave que mis yemas y labios agradecían, un pelo fácil de coger y despeinar sin caprichos, unos pezones de delicado color, y una figura en el derrière que al verle sólo nace el deseo de ponerle las manos encima, estrujarle, acariciarle, e investigar qué hay más allá; caderas perfectas, y un pubis con ganas de más.

Confesión: Estuve en su cara y estuvo en la mía. También le veía a la cara, y a mí siempre me veía.

De espaldas al techo, de espaldas a la cama, de lado, a cuatro patas, dando vueltas. Arriba. Abajo. Mi cabeza en su cuello, su cabeza en el mío, y su boca que emanaba saliva por doquier; la oía, la sentía, la disfrutaba y, en besos apasionados (como los de cualquier pareja que se ama), la saboreaba incluso cuando empezaba a secarse alrededor de mi boca o en la parte alta de mi pecho.

Aclaración: No estábamos enamorados. Nos habíamos visto hacía un momento. Y a juzgar por lo vivido, ese algodón del cobertor (convertido en satín impío) para hallarse en ese estado tiene una muy buena razón.

¡Qué bonitas piernas! –había dicho desde el principio. Y los elogios fueron desde la ropa interior hasta el color de los vellos. Entre besos, fuerza, un poco de piernas y mucho de manos, todo alcanzó tal calidez que la tarde ámbar entrando por el balcón parecía fría, una luz muda ante los latidos del corazón. Estábamos ahí para dejarnos llevar. Le besé, le quise, le tuve, y de todo me apoderé. De igual forma me besó, me quiso, me hubo, y de mí todo se apropió. Las campanas de la iglesia al otro lado de la calle eran anuncio de que no había ojos hacia nosotros, que lo desfogáramos todo. Seguro había gente entrando a la iglesia, pero esto era un portal a otra dimensión.

Nota: No fue en absoluto nada guarro. Fue algo de lo más hermoso. Fue precioso con acento ibérico. Por eso le corresponde un relato.

Desde las paredes del salón y lo sobrecogedor de los cuadros, hasta la falta de adornos en la habitación de al lado, todo en silencio parecía callar lo que guardan las paredes en las tardes de verano, y dejaban hablar a sus manos diciendo tanto, su boca describiendo todo por todos lados, mis manos queriendo abarcar nuevas proporciones, y mis dientes queriendo, a veces, hundirse más.

Al final hacía calor. Más calor que en días pasados. Mi cabeza sobre su brazo, una pierna suya entre las mías, y yo sobre mi costado. Si ahora le veía, veía un perfil y una mejilla.

Y ahí empezó la charla; que si la vida en Londres o la vida en Normandía, México en el DF, el pacífico de La Paz, que si Alcorcón, el diseño gráfico, la soledad y el saber estar. Cuántas veces mi persona aquí, y cuántas veces la suya allá. Y hablamos de todo (o casi todo). Al menos de lo que se puede hablar en la cama removida de una recámara usurpada.

Recordaba momentos así pero qué delicia es volver a vivir. Dos cuerpos sin ropa de cara al techo del lugar, sobre una cama, transpirados sin incomodarse, sudando después de haberse hecho sudar, fluidos de cuerpo sobre el cuerpo a punto de secar, y hablar por conocer, por disfrutar, y sentir una caricia en el hombro mientras ya no hay más en qué pensar.

Un detalle (bueno, dos): Tenía una piernas más bonitas. Muy bonitas en verdad. Un cuerpo lindo, muy lindo, y ojos de los que se saben hablar. No recuerdo si tenía alguna marca en especial, pero recuerdo todo lo que teníamos por dar.

Fue un día largo. No fue tan largo como hoy, pero la noche ya tomaba también su tiempo para llegar.

 

 

20 junio, 2011

Gabo. El de la prepa. ¿Te acuerdas?*

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Yo no era así. Así me hicieron. La gente con su nueva actitud, un montón de nuevas anécdotas, y mi nueva sonrisa. Ellas fueron. Cuando tenía doce kilos de más tenía el mejor carácter del mundo, odiaba los domingos como la mayoría de las personas, y estaba rodeado de amigos y amigas de calidad. Eran otros tiempos, era otro cinturón, y algunos dicen que era otro yo.

Hace aproximadamente año y medio desperté en la mañana y la vida seguía siendo igual; agradable, con luz en el día, televisión con canales americanos, y las típicas fachas de fin de semana (en fin de semana). Pero algo hubo en el sándwich insípido que engullía en el comedor que me abrió los ojos y me dirigí al gimnasio. Difícil es explicar cómo, del darme cuenta que no había usado mayonesa, mi mente voló en pensamientos hasta encontrarme entre aparatos y gente corriendo “por su salud”, pero así fue.

Hace ya dieciocho meses. Más o menos. Mucho tiempo si estás viendo el techo, pero un parpadeo cuando la rutina es ejercicio, mucho ejercicio, cuidar lo que comes, ir de compras, preocuparte por cómo te ves, hidratar tu piel, un buen corte de pelo, y enterarte de lo último en arte, tecnología, y de cuál es el nuevo estilo de lentes que se usan hoy en día. Todo eso, y el trabajo, hacen que vuele el tiempo.

Súbitamente, así como mis kilos de más se fueron, llegaron las miradas de la gente, los piropos, las miradas de mujeres y también de hombres diciendo cosas que jamás había oído ni visto hacia mí. Y desataron un monstruo.

Sería una calumnia decir que pasó mucho tiempo desde que me cayó todo por sorpresa hasta que llegué a acostumbrarme. Fueron semanas aunque sienta que fue menos. Pero en cuanto el espejo me vio diferente fue lo mejor; primero fueron chicas (no amigas) bailando conmigo, tomando conmigo, riendo conmigo. Después fueron los besos, el dejar de bailar y empezar a acariciar. Luego fue aquel tipo, el de aquel cumple en la sala VIP en el Sound, y luego un beso, después otro. Una vez fue alguien que me habían presentado una tarde, o dos tardes. Otras fueron en la mañana, y así como pasaban los días, las personas también. The walk of shame seguía teniendo ese sabor pero ahora con un poco de the walk of pride.

Una vez, incluso, hasta destruí un hogar. Así me gusta contarlo. En realidad sólo era una pareja que llevaba 8 años. Ni siquiera vivían juntos, pero me gusta darme el rol del malo en la historia, el que jugó y ganó, aunque nadie se haya quedado con nadie en aquel tiempo. Mera diversión. Me siento con ganas de contarla siempre porque se siente como gritar que yo también puedo, que doce kilos después yo también quiero y puedo. Y es completamente liberador, me tachen o no de ser de lo peor, o de dejar a mi antiguo yo en un pasado borrado por error, o por camisas que dibujan más mi cuerpo y que muestran a cualquiera un “yo soy igual o hasta más caro que tú”.

Me comporto como piruja, como si fuera un manwhore. Pero no lo soy. Hay quienes dicen “putas las pobres, yo divertida”, y dicen bien. Yo me divierto, y así alimento a mi ególatra interior, pero no alimento hijos ni me compro cosas con los resultados, sólo disfruto, y salgo de mi casa con el pecho ancho y sinvergüenza, como abogado triunfante, novia de blanco, o capitán de algún equipo ganador (de mi juego, el ganador).

Ganador excepto hoy. Hoy salgo diferente. Hoy salgo de casa como aquel hombre doce kilos más pesado, con sangre más ligera, y con menos seguridad en mis hombros. Tengo mis lentes obscuros puestos y sin ganas de que me vean. Siento que traigo un letrero en la cabeza, un foco de atención, un enano gritando detrás que llama la atención. Quien me vea que interprete el sentimiento. Y es que hoy encontré, en mi ahora firme cuerpo, una estría del ancho de un lápiz que sube del hueso de mi cadera hacia mis costillas. Una catástrofe en mi mente hoy en día, como lo que antes era no tener canales americanos o, peor aún, que estuvieran doblados o que no hubiera plan el sábado. El nuevo ser en mí irá al dermatólogo, al médico, o al brujo si es posible a quitarse esto que se siente como si la tuviera en la cara, como si tuviera otra vez los kilos de más. Hoy traigo los lentes de siempre pero no traigo mi ego, él se ha quedado atónito ante el espejo y se ha negado a salir. Me envió a buscarle una solución a esto o esta vida que ya sentía tan real se va. Y a eso no pienso regresar jamás.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Ego.