Archive for ‘Sin categoría’

24 julio, 2014

Ensayo sobre el olvido de uno mismo.

 

A esa mujer le ponen el cuerno. Seguro. Yo, de ser su marido, al primer desplante de este tipo creo que saldría de casa corriendo, me subiría a mi coche casi sin gasolina y huiría a estar en los brazos de otra, una de menos clase, tal vez, pero más amorosa, más paciente. En realidad no estoy seguro de que lo haría, pero seguramente ya me hubiera pasado ochocientas veces por la mente (u ochocientas una).

Pero algo es seguro, cabe insistir; a esa mujer le ponen el cuerno.

Es rubia y delgada, sí, pero es rubia de caja, y delgada o no ya tiene la piel amarga. Por eso trata de disfrazarlo con su bolsa de marca comprada por el “mal marido”. Por eso también su porte de urgencia; seguramente el coche está en el taller debido al rayón que le dio el vil esposo tratando de huir de ella con el pretexto de ir a comprar leche o comida para los perros. La pobre tiene el pelo hasta encrispado del sudor que le causa el estrés de coger el metro, de convivir con la multitud (misma que se le cruza en el camino y no puede espantar hoy con el sonido del claxon). Suda de estrés por ser una más, una con ganas de más pero con menos; una con cuernos.

Ni modo. Así es la vida. Un baño de pueblo en el metro le hace pensar que está viviendo la peor tarde de su vida mientras a su hija pequeña le hacen bullying en la escuela y piensa en contárselo a papá porque mamá siempre está de mal humor y sin tiempo. La rubia de la bolsa bonita tiene el peor día desde Atocha a Plaza de Castilla, recorrido eterno. Hoy no hay Paseo de la Castellana en quince minutos, no hay comida para los perros ni comida lista en la cocina. Hoy hay un reporte de escuela (la hija por fin respondió las agresiones), hay desesperación por el cúmulo de gente y hay un marido que llega tarde porque “tiene una reunión”.

Sólo por eso (y cosas más que ni sabemos) hay que disculparle su humor cuando se cruce en nuestro camino o pasemos por el de ella y nos quiera tratar de ineptos. Recordemos que podemos sacarle el dedo cuando ya no está viendo y, sobre todo, recordemos que le ponen el cuerno.

 

26 junio, 2012

Tibieza.*

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Llevaba ya hora y media desdoblando figuras de origami en la mesa del escritorio. Sin pensar en nada, embobado, absorto, con la mente ausente, con el único propósito en sus manos de hacer que los papeles parecieran nuevos, tratando de borrar todo pliegue, cada arruga, aplanando con los dedos largas, cuadradas y coloridas piezas de papel. El tiempo pasaban sin que él se diera cuenta, el sol podía haber viajado desde su derecha hasta su costado izquierdo sin que un solo pensamiento se creara en su cabeza. Planchar, extender, tender, desenrollar, rojo, azul, amarillo, verde. Sus pupilas agitándose sin parar, ansiosas en pequeños movimientos, no alcanzaban a hacer muchos grados entre un punto focal y otro pero sí mucho meneos deseosos, rápidos, incontables. De cerca era alguien completamente embelesado, con un ritmo en sus dedos tan pacífico, tajante y decidido que no concordaba en nada con la cadencia en su mirada.

Todo el ruido en la habitación era el del papel siendo gobernado por dos manos. A lo lejos sólo se advertía el sonido de sirenas en alguna avenida vecina. Pero si el sonido de la sangre corriendo lentamente por el suelo fuera percibido por el oído humano, éste también hubiera formado parte de los ruidos en este cuarto. Un hombre yacía apacible en el suelo con los ojos cerrados al lado de un charco de fluido obscuro y templado que había ido creciendo con el paso del tiempo emanando de su costado. Pero eso no se oía. Hacía más ruido incluso el movimiento vivo de los ojos tensos del hombre que desarrugaba papeles, el mismo que dos horas antes hizo algo sin pensar, llamó a la policía mucho tiempo después, se sentó al lado de su víctima y se empezó a enajenar, empezó a no pensar, a no pensar en decirle adiós a su vida normal después de haberle arrebatado la misma a alguien más, mientras descomponía figuras que alguien había hecho para alegrar y seguro hubieran servido también para consolar.

Las sirenas estaban ya por llegar, la luz de la tarde iba a desaparecer, y todavía le quedaban figuras a descomponer.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Desprendimiento.

21 junio, 2012

En el Maupassant.*

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Bernardo Sosa es el bartender que todo mundo desea hoy en la ciudad. Empezó cliché, desde abajo, limpiando vasos, barriendo losas, secando platos. Estudió los movimientos de todos hasta la inconsciencia y aprendió el arte, la mezcla, el que un vaso corto no es lo mismo que uno largo y unos hielos sin agitarse en el licor no huelen igual que los que no se han oscilado. “Bernie” (para los frecuentes) ha aprendido de todo, incluso a identificar clientes. Hoy en día es el par de manos que todo mundo quiere preparando su bebida tras esa barra que, gracias al diseño y al mixólogo, te hace sentir que las cosas se hacen con pasión para cada paladar.

Esa barra es un deleite; acabados en madera, los espejos, las botellas en escalera y los bancos a un costado. Suena a cualquier otra barra del mundo pero ésta es una nueva. La luz que abunda pero no invade el espacio es el mejor balance entre calidez e intimidad mientras todo se comparte con todos y se hace camino a la terraza o a la escalera que lleva a la otra planta. Es una bienvenida que invita a inhalar profundamente mientras la gente, las luces, y las charolas de vasos con hielos bailan entre charlas y aumentan conforme se entra.

Y entre toda esta danza de clientes, caras, comiendas, tragos terminados y vasos nuevos, Bernie se entretiene siempre escogiendo una pareja, una mesa, un grupo de amigos para imaginar sus vidas en lo que prepara sus tragos mientras interactúa con sedientos, parlanchines y gritones bebedores .

Hoy escogió a dos hombres que llegaron vestidos de fin de semana. Seguro usan corbata y camisa todos los días porque hoy, cuando todo mundo está de media gala, optaron por camisetas y chaquetas. Sonríe discretamente mientras organiza unos vasos pensando que hoy se han reencontrado aquí para hablar, cuchichear, reír y fumar con una complicidad que, unida a la falta de parejas, desde la barra, él interpreta como coquetear.

Y en realidad no es así. Los dos chicos se juntaron porque la novia de uno de ellos está fuera y había que disfrutar la noche con el amigo. Hablan de Moscú, de la vida que hicieron allá un verano de locura en el que compartían casa con dos chicas de Holanda. Hablan de cómo cada quien tenía su personalidad TAN definida que, aún sin verlas desde aquellos días, es seguro poder imaginar cómo son ahora sus vidas. Se acuerdan de ellas y de cómo los cuatro huyeron del calor asfixiante de Moskvá y se refugiaron en el “fresco” fin de verano en San Petersburgo.

Así es que las conclusiones de Bernie hoy no son acertadas y el que no se toquen estos dos hombre no es timidez en su cortejo, es simplemente que no hay necesidad de hacerlo. Pero eso sí, tomadores son; los gin tónics van y vienen. Tres charolas se han encaminado hacia ellos y seguro ya están a punto de pedir la cuarta. Dos gin tónics: un Tanqueray y un Bombay, servidos con uno y dos limones para identificarlos mejor.

Bernie observa, crea y hace que pase todo en este lugar mientras un grupo de amigos que pretende aparentar más años con tacones y carteras bien llenas pide diez shots de mucho color, demostrando su verdadera edad con sus gritos y tragos desmesurados. Y él continúa en lo suyo; mezclando licores, macerando hielos, frotando diminutos trozos de cáscaras cítricas en la boca de los vasos, preparando bebidas no para embriagar sino con la esperanza de enamorar, de educar un paladar, de seducir con los olores y el sabor que llegue a crear.

En la barra no cesa el tintineo de los cilindros de vidrio y las palabras de amigos o futuras parejas que secretean a volúmenes altos en este momento. En la parte de arriba hay amistades en grupo, pláticas altas en los sillones bajos, los tragos fuertes entres las relaciones débiles creadas entre camareros, clientes y pláticas cortadas por nuevas comiendas. Y en la terraza está la mezcla de todo; las botellas individuales, los vasos, las copas altas y martineras, los tragos fuertes, la proximidad sin pretextos, sin esfuerzos, todos bajo un cielo de nubes exhaladas en mentol o con filtro. Miradas, risas, gritos, humo, todo junto. Todo detrás del vidrio donde está recargado uno de los dos hombres que llamaron la atención de Bernardo desde el principio y han tomado ginebra tras ginebra.

Él vuelve a echarles un ojo mientras con una mano (y sin ver, porque su vista está ocupada) arrastra un whisky old fashioned hacia las manos de una chica que lo observa detenidamente, casi coquetametne, y trata de seguir el camino que guía a la mirada del bartender pero la pierde entre tanta gente. No sabe quién es la persona que le roba la mirada que ella quiere. Su «gracias» con sus ojos clavados en los de él sólo obtiene un «claro» como respuesta y una sonrisa fugaz que casi no cuenta como tal.

Bernardo no sabe que aquellos dos no son pareja pero les prepara sus drinks como si tuvieran planes privados después de los tragos y los cigarros.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: En la barra.

12 junio, 2012

Convidante.*

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Jota Jota está algo inquieto. Hoy tiene invitados y le queda poco tiempo para terminar la cena pero nada de eso es lo que lo tiene agitado. Jota Jota está tenso porque el diseño de su nueva cocina (en su nuevo departamento) lo altera. Desde hace unos minutos se ha dado cuenta de que en la posición en la que se encuentra, de frente a la estufa y la parte más larga de la barra, su campo visual abarca solamente la pared que tiene enfrente. Y eso lo pone un poco insensato.

La isla que todavía no ha usado, pieza central de este nuevo espacio, está detrás de él, y el enorme hueco en el muro que comunica su cocina con la sala y comedor lo hace sentir incómodo cuando la noche ha empezado y no hay luces encendidas del otro lado. Áreas donde debería llenarse de energía las siente como un hoyo negro cuando las tiene contra su dorso ciego.

Las luces encendidas son sólo de la cocina, y el único sonido que le acompaña es el fuego de las hornillas, el que emana de una olla, y el de las burbujas de lo que sea que esté hirviendo. El eco de un tenedor batiendo claras en el tazón plateado ha quedado en su mente como el sonido estresante de un reloj.

Pero ni toda esa orquesta culinaria le ha hecho olvidar el vacío que hay entre su espalda y el fin de la casa. El frío silencio que hay del otro lado de estas paredes pesa. Siempre que la obscuridad lo rodea siente que alguien lo observa, y aquí no sabe si es tras la negrura de las ventanas o si es la noche dentro de su sala, pero le observa. Su piel dilatada y sus ojos secos han sido testigos de cómo su atención se ha enfocado a todo lo que no puede ver; la sal se ha puesto dos veces en uno de los guisados y ha pasado desapercibida en el recipiente hirviente, el azúcar se agregó de más en el postre y el agua del risotto se ha consumido a fuego lento por lo que éste se ha empezado a secar. El estrés causado por este ente inventado en la obscuridad también observa cómo el vino sigue cerrado y no se ha dejado respirar, y no dijo nada, pero la mantequilla ya estaba quemada antes de empezar a cocinar. Jota Jota no tuvo mente para reparar en todo eso, sólo quiere terminar y estar sentado en el salón con las luces prendidas.

No supo ni organizar las actividades pre anfitrión; tomó una ducha y se arregló para después preparar la cena, cosa que, pensando mejor, debió hacer antes de cambiarse; estaría fresco, esperando a los amigos, incluso hasta bebiendo ya una copa de vino que no se ha abierto aún. Y acordándose del vino se torna hacia la isla, coge un quita corchos y destapa una botella de las que ya tiene afuera no sin antes echar un vistazo a “la boca del lobo” que se abre entre el área social y sus pupilas, pensando nuevamente en esos ojos que lo observan pero ahora del otro lado, desde la estufa, donde la comida suena. Da la vuelta y esa mirada juega a las escondidas mientras él sigue moviendo la comida, probando sin gustar, agregando ingredientes pensando que la gente está ya por llegar, que la gente ya debería de llegar, que ojalá la gente ya estuviera aquí y acabara con su soledad cada que las luces no están.

Ojalá sonara ya la puerta y estuviera lista la sopa, los dos cortes, y ojalá ese postre hubiera estado metido en la nevera porque así nunca va a cuajar.

Tararea una canción como para ignorar su pesadilla, se quita el delantal, lava unos trastes y después sus manos para volver la cara al vino y regresar la mirada a la sala. Con las hornillas apagadas ya no hay más ruido que el que él haga. Su compañía es el olor de la cocina y el pensar que, aún sin tanta hambre, la cena no ha quedado tan mal.

Armado de valor prende una luz y enciende la música, ambienta un poco la casa pero la soledad no se va. Huele a anfitrión pero también a desazón.

Una última ida al vestidor; un rocío de su loción, una última mirada al espejo, y por fin el timbre se hace sonar. Jota Jota sale y camina aliviado a la puerta como si con el primer invitado desapareciera la mirada intrusa que lo asecha. Y ahora sí se pone a pensar en que espera que a todos les guste la comida, ojalá no esté muy seco el risotto, y habrá que abrir otra botella y meter los panes listos al horno.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Sazón.

4 junio, 2012

Pesarosos.*

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Es de mañana en la carretera escénica. Andrés va de Ensenada a Tijuana.

Kilómetros antes del mirador empieza uno de sus paisajes preferidos; el mar abierto, las granjas de atún como anillos sueltos, el árbol que está perpetuamente en posición de lucha contra el viento como si éste soplara eternamente, los cerros de su lado derecho y el acantilado del izquierdo. Su paisaje favorito. Sí, hasta hoy que no se ve nada.

Todavía tiene ese sabor de madrugada aunque sean las ocho de la mañana. Ese sabor que, aunque te cepilles los dientes se queda y te hace pensar que no has desayunado cada vez que pasas saliva o rodeas los dientes con tu lengua.

Él va en el asiento de atrás, no es ni piloto  ni copiloto, y aún cuando la hora lo permita y pueda hacer una siesta, no lo hace; la neblina densa le da un toque melancólico a la escena y eso le gusta aún más.

Otra vez parte. Otra vez se va. Pero su tierra siempre encuentra la manera de hacerle añorar estar de vuelta cuando todavía no la ha dejado.

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Soy un escritor melancólico. Ése es mi vicio: la nostalgia.

Me llamo Héctor y soy un adicto a la melancolía. Por eso mis ganas de hablar siempre del pasado, incluso de ayer mismo. Por eso estoy en mi cama blanca, echado con ropa negra, y la mente abierta al color de cualquier recuerdo. Le doy la  espalda a la ventana pero disfruto de la luz que entra de ella.

Son las seis de la tarde aunque parecen las diez de la mañana; la niebla no ha dejado que avancen las horas visuales y yo disfruto de quedarme un poco como ella; en el pasado.

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Mi tío murió hace unos días. Estamos en su sepelio. El cementerio más lindo que he visto tiene uno de los árboles más grandes que también he visto, y éste se encuentra muy cerca de donde van a quedar sus restos esperando nuestras visitas. La elegancia de todos es la de una cena diplomática, pero las flores nos recuerdan que no hay un banquete sino una pena.

Mientras veo el ataúd, hecho de una hermosa madera, el frío sopla ligera pero constantemente para entrar por mi nuca y llegar hasta la espalda, erizarme la piel, endurecer mis pezones y sentir un liguero placer con el rose de mi ropa en ellos. Un placer que me sacudo cambiando un poco mi posición y del cual reniego porque mis lágrimas aún están saliendo de pie en este bosque de prados verdes, mármoles grises, y de neblina densa, muy densa, como si el cielo hubiera bajado hasta nuestros pies, haciendo aún más solemnes nuestra vestimenta, nuestro silencio, su partida, y nuestra pena.

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La playa no luce como otras veces, pero es idílica. El cielo gris, la mar tranquila, y las rocas negras y serenas atendiendo, como si supieran que voy a llegar, que voy a darme un tiempo a solas y quisieran verme contemplar el paisaje. Me he puesto mi sudadera gris para no resaltar en mi paraje, pero unos shorts a las rodillas porque el frío de la costa y el ruido de las olas llegando a la orilla son cosas que se deben disfrutar con alguna parte desnuda del cuerpo.

No sé por qué me he venido a pensar aquí. La casa está sólo a unos pasos, pero hacer el gesto de partir, salir y aparentemente llegar a otro lado, pacifica. No puedo ver el horizonte  porque la bruma se ha estancado frente a la playa, pero aún así me calma. Empiezo a tirar pequeñas piedras al mar y a pensar en el mañana, pero es sólo pensar en él, y mi mente se queda en blanco, o, mejor dicho, se queda en gris; como mi sudadera, el mar, el cielo, la arena. Como este frío que me está envolviendo las piernas y que me hace tornar la mirada hacia la casa blanca, la casa abierta. Ahí donde, seguro, ya encendieron la chimenea.

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Tengo una resaca que te cagas y el clima que no ayuda nada. Cierto que es preferible algo de frescura en el clima para mi estado, pero algo de calor no me hubiera caído nada mal como compañía de mi malestar por haberme bebido dos botellas y media. Eso sí, con la mejor comitiva (¿pero dos botellas y media?!!). Esa niebla del otro lado de mi ventana había creído que desaparecería al despertar porque me acompañó hasta casa al regresar, pero no creí que me esperaría hasta avivarme. Anoche no sentí nada de frío, pero ahora, aunque quisiera, su helado roce con mi piel no serviría de nada; mi cuerpo está que hierve, mis sábanas están a punto de encenderse, y las plantas de mis pies piden tocar el suelo pero no he podido siquiera tomar la decisión de dejar la cama. Revolcarme en las telas de mi colchón no es ningún remedio, como tampoco lo es el agua, la tele, nada. Voy a ducharme con agua helada para ver si así al menos engaño a mi organismo, se cree sanado, y deja de envidiar al agua fresca flotando allá afuera viéndome desde el balcón, del otro lado del cristal.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Niebla.

27 mayo, 2012

Calle Barquillo, 44.*

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No he tenido tiempo de superarlo. Mentira; he tenido demasiado tiempo, pero no le he dedicado ni siquiera un momento. No he querido ni pensar. Para mí, nada ha pasado, todo sigue como fue. Sigo ahí de alguna manera, las luces no se han apagado, y yo sigo cantando, moviendo el cuerpo, escuchando música, escándalo, y si cierro los ojos puedo sentir las luces rojas de todo el lugar pintando mis párpados, garganta, cuello, y brazos de decibeles magenta.

Todavía elevo los brazos al aire, uno más arriba que el otro porque la bebida siempre corre peligro de querer salir del vaso y convivir con todos, pero su euforia la preferimos dentro y no en el pelo de otros o, peor aún, en el suelo.

Y Nirka. Mi querida Nirka, siempre con sus rubios rizos (recogidos o sueltos, bellos rizos), rockeros, siempre bailando conmigo, haciendo de mi noche una mejor aún, alcahueteando mis ganas de salir, mis ganas de gin tónics, de no llegar a casa antes de las seis de la mañana, de pieles magentas, miradas obscuras, brincos, y algarabía. Amo cuando identifica una canción y dice que es mía, que es sólo mía, y me pone más eufórico que el mismo cantante, la canto, casi la deletreo, la bailo, y me convierto por tres minutos y cuarenta y tres segundos en rockstar.

No sé qué ha sido lo que se apoderó de una parte de mí. Qué cosa fue con lo que mi alma identificó de tal manera en ese lugar que parece que se vio en un espejo con una multitud igual a ella y se quiso quedar pegada con los pósters antiguos, quiso seguir viva en los bulbos resplandecientes (ahí cerca de donde la luz carmesí se convierte casi en blanca), perdió toda dignidad quedándose en los charcos de bebida y acostada boca arriba en el suelo del lugar. Nunca ha querido saber que el momento se ha acabado. Ella ahí se quedó, aferrada y con los ojos cerrados.

Y yo con ella sigo ahí, escuchando canciones viejas, canciones para la vida, para el pasado, para el cuerpo desconocido que hoy nos ha cautivado, para el futuro, canciones con batería, mucho bajo, mucha guitarra, mucho mucho alcohol, mucho olor a cigarro, y mucha fila para ir al baño. Pero con estruendo a tal grado que hasta en el baño seguía la fiesta.

Sí. En el baño. Fiesta. Como los dos tipos que escuché claramente en el sanitario hablando e inhalando  lo que supongo fue lo que los hizo salir más entregados a la música que el mismo cantante o baterista (o igual que ellos), las dos mujeres besándose al final del espejo de los baños jugando y gozando antes de regresar con sus novios, y a los amigos abrazados de regreso a la multitud, regresando a no querer tocar el suelo con los pies por más de un segundo, a derramar bullicio y hielos sobre los demás porque uno ya no estaba para tomarse la molestia de preocuparse ni por su mismo vaso. Total, la barra seguía abierta y el guapo o la guapa de la barra “nos atienden como reyes” (cada vez más reyes, más borrachos, mejor música, y más vasos).

No sé si fue mi alma identificada, si fue Nirka, el alcohol, si fue la luz roja,  las canciones que tanto me despiertan en una sola noche, si fueron las anécdotas juntas, los besos, las carcajadas, las miradas encontradas cuando cada canción nos despertaba a todos lo mismo. Yo sólo sé que, en tardes como hoy, me gustaría que llegara la noche para poder volver, oír al grupo, alcoholizar el ser, y saber que soy feliz; roja, estruendosa, borracha, y extremadamente feliz.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Concierto.

3 mayo, 2012

Ana.*

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Las bocinas en shuffle (y en repeat) tocan Fallin’ de Alicia Keys. Anita está en su cama y su cuarto de princesa árabe, ése renovado que papá accedió a hacerle por sus dieciséis años y que tiene repleto de alfombras, su cubrecamas bordado, cojines, y lámparas de latón y plata en formas de celosías. Anita sigue siendo la princesa de la casa, sí, pero ante todos es joven princesa, no una niña más. Su cabello largo y suelto, su arreglo, y su manicura lo dicen a los ojos de todos, pero ella sigue soñando como muchas niñas de su edad y, ahora, tal vez, ya no tan de su edad.

Y es que lo que pasa es que Anita está enamorada. O mejor dicho, Anita fantasea y se ilusiona con la idea de estar enamorada. Para ser exactos; fantasea con la imagen de Abelardo.

Escuchando Alicia Keys, música que oía su hermana mayor (ahora casada), se siente grande, viva, enamorada de la idea de un novio y algo de placer. Su juventud le da el poder de sentirse dueña del mundo, y la libertad de imaginarse lo que se le venga en gana, impúdico, lúdico, o malhechor. Para eso tiene su cuarto ambientado como el de la hija de un jaque; para soñar, planear, o incluso vivir lo que ella quiera (o imaginar que vive lo que ella quiera).

Abelardo es a quien ella tiene ahora en sus brazos, no a su cojín de seda y bordados. Sus manos no acarician las mechas de hilos que cuelgan de los costados, no, es el pelo de Abelardo, y el olor de su perfume impregnado en las telas no es el de ella sino el de él, y lo imagina más fuerte, más denso. La suavidad de la tela se convierte en lo tosco de unos poros con más años que ella, y los bordados a veces fuertes en la cama o en la almohada son a la par la barba o cabello, cualquier parte de su cuerpo pero no es su cama, es la de él.

Ana saca la cara de sus cojines y vuelve la cara al techo para respirar. Siente como la seda fresca le besa el cuello como si fuera un toque húmedo y terso. Las manos de Abelardo han guiado a las de ella a lugares donde, a veces, ni ella se permite llegar pero llega; y él la toca, suavemente, como si temiera hacerle daño pero firme como un rayón de crayola cuando tenemos cuatro años. Y ella se deja llevar.

El cuarto de Abelardo huele a limpio, a casi nuevo. Su saco está botado en la silla del escritorio, y la corbata la lleva floja, con el nudo ya mal hecho. Sus manos se apoderaron de sus piernas y de sus costillas, y el calor de su cuerpo toma desde hace rato altas medidas. Ana instintivamente se vuelca boca abajo, se toca, se arquea, se retuerce con los ojos cerrados hasta que queda sobre él, hincada, sentada sobre él, y él, atónito, como si no supiera qué hacer, la contempla. Ella siguiendo las órdenes que le da su cuerpo se quita la blusa, y cuando se descubre casi desnuda del torso sobre el cuerpo de ese hombre le llega un olor conocido, su desodorante, el olorcito ese a girasol y talco que no deja de hacerse ver aún bajo el perfume de “grande”. Ese olor a bebé -como ella dice- que mamá no ha querido cambiar en la lista de la compra. Ana se muere de pena, se cubre con la blusa el pecho, se separa rápidamente del otro cuerpo y se tumba boca arriba, apenada, agitada, frustrada. Abelardo desaparece y ella regresa a sus sábanas de cientos de hilos y sus cobertores bordados. Le choca ser esta princesa de dieciséis años con más ganas de pasión que una señora de cuarenta.

Y ese olor. Ese ahora maldito olor de niña que seguro no llama la atención mas que de pervertidos o de abejas. Se queja de volver a su joven realidad cuando lo que desea es una pervertida adultez. Porque Abelardo es el amigo de papá. El joven, el que tiene algunas canas en la cabeza pero todavía contables, el que viaja con él, el que come en casa cuando llegan de viaje, el de los ojos obscuros que brillan por doquier, Abelardo, sí, el que tiene vello en sus manos, el aplaudible en su trabajo, él, él, él.

Las bocinas cantan “How do you give me so much pleasure… and cause me so much pain…” y Ana apaga la música de un golpe. Entre suspiros y una fuerte respiración, se ríe y niega con la cabeza su obsesión como un niño tratando de ocultar una mentira sin lograrlo.

¡Lo que dirían las amigas del Sor Juana! Tan tableadas, tan de calceta blanca y comportamientos casi tan pulcros; lo que dirían y cómo la envidiarían cuando pasara por ella en su coche de lujo para dos, como aquella vez hace unos años, cuando para ella era el amigo de papá, y ahora lo quería convertido en amigo de ella, en cómplice. ¡Y lo que dirían las monjas! El caos; papá y él enfrentados, mamá y papá enfadados, y los permisos limitados. Todo si su cuarto de princesa no fuera tan de princesa y fuera más de emperatriz o concubina para hacer lo que le venga en gana; como Maria Antonieta, como Juana la loca, o como Ana Bolena.

Pero no. Nada es así. Mamá ha tocado la puerta y ya es hora de arreglarse. Vienen dos amigos de papá a cenar acompañados de sus parejas. Sus parejas; Abelardo de la mano de una versión de Ana (según ella) con algunos años y medidas más, pero menos belleza (según ella). Hoy se va a arreglar más y se pondrá tacón. Ya no es una niña más y es momento de hacerlo ver. Hoy se pondrá un poco más de perfume y, por qué no, también de ese desodorante olor a niña pequeña, esperando que, tal vez, el arreglo de mujer y el olor a lo que queda de inocencia logren su cometido y perviertan al hombre que en sus noches árabes adorna, viste, y reaviva su cama, sus velos, y sus deseos. O bueno, que al menos le hable y le sonría varias veces durante la cena.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Smells like teen spirit.

23 abril, 2012

Lo que dura un piti.*

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Gael estaba por encender un cigarillo en el balcón cuando llegó a una conclusión: hoy era el día. No había razones para esperar. Nunca hay motivos para esperar a tomar una decisión. Se espera cuando es algo que no depende de nosotros, y en esta ocasión todo dependía completamente de su voluntad.

Hoy lo haría. Estaba claro. La luz brillante del día, las paredes testigo de su andar de un lado a otro, el suelo de madera y la mesa de vidrio, hasta el aire que entraba en sus pulmones, todo decía que el momento había llegado, y lo confirmaba un sabor amargo que ya tenía.

Regresó de sus pensamientos y vio que no había prendido el cigarrillo. Estaba ahí entre sus labios y tenía el encendedor en la mano. Se puso a sentir su propio pulso poniendo atención en la forma en la que temblaba el cigarro en su boca; los labios cada vez cediendo más a soltar el tabaco, pero éste ya pegado a su piel se sostenía, los dientes los tenía apretados, y la vista perdida como si todavía pensara pero con la mente fija en lo que el piti hacía en su boca.

Iba a resignarse. Esa era la acción. La decisión. No hacer nada. Había decidido no volver siquiera a pensar en el tema. Cansado estaba ya de pensar en miles de pláticas que nunca surgieron, de esperar a que le pidieran un rato a solas, y hasta asqueado se sentía de pensar en pedir uno él mismo. Seguro estaba de que sus ojos lo pedían a gritos, de que su piel estaba lista para adaptarse y atraer al cuerpo que deseaba, y hasta el viento que corría a su alrededor olía a lo que tanto necesitaba. Pero ni con todo eso junto cambiaba de opinión.

Hoy no iba a hacer lo que siempre hace. Hoy se iba a frenar. Tal vez por orgullo pero así era como había de actuar. Y le pesaba. La oportunidad ya la había tenido una vez, y aunque pudiera buscar una más, no la quería, no la tomaría, no era para sí.  Pero la verdad es que eso era lo que más deseaba, moría por gritar desde la calle con un altavoz pero había llegado el momento de parar con esto que no lo estaba llevando a nada.

Por fin prendió el encendedor y comenzó a consumir bocanadas de humo. Durante las diez o quince caladas que le dio al tabaco no pensó en otra cosa que no fuera su cara, su mirada, las ganas de que todo fuera diferente, y con un extraño dolor de estómago apagó el cigarro con el pie derecho.

Su sorpresa fue al entrar del balcón a la casa. Le estaba esperando en la puerta de la habitación. La forma en la que le veía le aceleró el corazón y supo inmediatamente que sus planes corrían peligro de no lograrse si sus palabras eran las correctas.

¿Podemos hablar? –le dijo. Y su plan, afortunadamente, tuvo que esperar.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Segundas Oportunidades.

2 octubre, 2011

Nuestros secretos.*

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Aquí, en la tina de baño, completamente desnudo y con una toalla caliente que me tapa los ojos, escojo el momento para vivir completamente mi catarsis. Aquí mismo, con la piel sumergida en el agua desde los pies hasta las cervicales, puedo hacerte una confesíon: lo sé todo. Lo sé y no te he dicho nada para ponerte a prueba y aprovecharme un poco de ti, si es que así le puedo decir.

Sé que te acuestas con él. Sé que entre las horas de violín y las de hacer la compra existen horas muertas en las que el violín espera mudo en la parte trasera del coche y la comida cuchichea en la cajuela hasta que sales de su casa y arrancas el motor, para regresar aquí, al lugar del que has salido y, quieras o no, has de regresar.

No te he dicho nada para que creas que no sé nada, siguas haciendo tu juego de nos vemos-beso-te quiero, tan tranquila como siempre me dejes seguirte sin que tú sospeches, y así sigas haciendo una de mis fantasías más calladas algo palpable.

He de serte franco; me ha sorprendido el que hayas encontrado algo tan barato pero a la vez bonito y, al parecer, hasta bueno para reemplazarme. Has hecho una buena búsqueda, lástima que me haya tocado descubrirte en éste, tu último candidato, y no antes cuando andabas de cacería.

A él le llamo barato porque se conforma con unas pocas horas contigo, pero baratas también son las paredes de su apartamento y la puerta que, supuestamente, los matiene a ti y a él apartados de su vida afuera. Desde la primera vez que estuve del otro lado, escuchando primero murmullos, silencios de respiraciones fuertes, y el sonido de sus orgasmos, supe que la madera no era buena y los muros eran demasiado indiscretos.

Así es. Fuera de su entrada lo he oído todo. Una y otra vez, La primera vez fue lo peor, llegué a pensar que la ira me iba a dejar sordo y que iba a derribar la puerta. Pero algo entre mis lágrimas contenidas y el cierre firme de mis dientes despertó mi razón y, peor aún, mi curiosidad; por el hueco de la vieja mirilla y por debajo de la hoja de madera podía ver pies, piernas, ropa, cabello, luz que entraba desde las ventanas, pero sobre todo a ti, cumpliendo una fantasía que jamás me hubiera atrevido a pedirte que cumplieras porque eres la mujer perfecta, la mejor mojigata de tu círculo de amigas, la mosca muerta mejor actuada de la familia, y me aproveché de ti. Grabé todo en mi mente enferma de celos, enferma de tu placer despertado por otro, enferma de excitación al poder ver todo (o casi todo) sin ser visto pero con el peligro de llegar a serlo.

No voy a mentir y decir que es lo mejor que me ha pasado, no. Mi ira sigue aquí instalada entre la parte trasera de mi lengua y la boca de mi estómago, pero el morbo y el placer de burla han logrado sosegarla. Tácahame de enfermo, de loco, de lo que quieras. Tú eres mi puta a domicilio sin goce de sueldo, y ahora eres mi película porno con diferente director cada que hay tarde de violín o hay que ir a hacer la compra. Y eso casi me encanta.

Al principio el dolor fue inmenso y la herida muy profunda, pero pronto se cerró. Cuando la costra empezó a escocer empecé a rascarme hasta volverme a abrir la llaga, y del dolor conocí un camino al placer tan vivo que no pude salir de ahí. Y ahora no puedo parar.

Te oigo, te veo por la rendija bajo la puerta, o al menos veo algunos muebles que cobran voz. A veces pienso que ojalá tuvieras más imaginación para llegar con alguna nueva historia a casa, sólo por diversión, por ver tu cara de esposa contando un cuento mientras yo recordaría la imagen de la madera mal pintada, de amantes con la ropa en las rodillas, de muebles que cobran vida.

Y te confieso una cosa más: me estoy aburriendo pero todavía voy a verte a través de la parte baja de su entrada, o a oírte tras ella. Sigue exitándome ver a una mujer con un tipo barato cogiendo, follando, o haciendo el amor como supongo le dicen después de tanto tiempo. Me excito pero jamás me toco. Si quisiera correrme podría hacerlo aquí en la casa, en la cama en la que duermes, pensando en ti o en alguien más, pero esto no es venganza ni ganas de orgasmo, es morbo, es burla, es un juego de yo lo sé y tú no. Al final de cuentas te he tenido tantas veces desnuda que podría imaginarte completamente sin problemas, con los ojos cerrados y el agua humedeciendo toda mi piel. Excitarme nunca ha sido ningún problema, pero este baño el placer que me da es, además de limpiar mi piel, limpiar mi conciencia. En cuanto me quite la toalla caliente de los ojos, voy a abrirlos como un hombre nuevo, uno que ha hablado siempre con la verdad a su mujer.

Te voy a dejar. La historia será que yo veo a otra persona, así podré disfrutar tu frustre de no haber usado antes esa máscara de sinceridad, y yo podré seguir yendo a ver, ahora sí, a un par de extraños que viven en un apartamento barato en el que se les puede observar cada día que hacen el amor, si es que así le llaman después de tanto tiempo.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Voyeur.

28 septiembre, 2011

Sabatini.

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Era Septiembre y aún había sol suficiente para salir de casa a leer. Una banca, un enorme magnolio, y el juego de sombra entre los dos creaban el lugar ideal para hacerlo. Después de tres posiciones de lectura (incluido acostada), Pía decidió volverse a sentar para descansar el cuerpo de las duras barras de madera en las que estaba. Mientras lo hacía, su mirada fue robada por un torso que salía entre los arbustos que rodeaban una de las fuentes en los jardines. Era solamente el torso de un hombre, pero como si de un desnudo se tratara, giró la cabeza al lado contrario del parque, acto seguido por regresar la mirada lentamente para saber si era verdad lo que había visto e investigar si el indigente seguía ahí. El indigente, claro, porque sólo un indigente estaría mojándose el torso en una fuente -pensó.

Detrás de uno de los cipreses, y entre los arbustos, el torso volvió a mostrarse del otro lado de la fuente, y esta ocasión se ponía una camiseta. Pía, perdiendo todo tipo de interés (o morbo) regresó la mirada a su lectura. Su libro había estado observándola, abierto, esperando su atención, imaginando qué apartaba sus ojos de las letras, imaginándose un mundo en los tonos de la copa del magnolio ya que él, a diferencia de su lectora, no podía girar y observar el mundo,  sólo podía ver caras, ojos, copas de árboles, techos y orificios de nariz. Las historias, los torsos, y los colores de las paredes se los tenía que imaginar. Y ahora la atención regresaba a él, a sus páginas, o al menos eso pensaba. Pero ella, aún con la vista sobre el papel marfil, no dejaba de pensar en lo raro que ha de ser verse en la calle y en la necesidad de coger agua de una fuente y, sin pena alguna, quitarse la camisa y refrescarse la axilas y lavarse el pecho, o lavarse las axilas y refrescarse el pecho, como fuera. Pensaba también en la clase de trabajo duro que habría de ejercer para tener un torso así.

Una vez de vuelta en su lectura, unas pisadas se acercaron a la banca y una voz en tono de reclamo se había dirigido a ella. Le llamó la atención que fue en un acento extranjero pero con vocabulario local. Todo pasó tan de repente que no tuvo tiempo de pensar y regresó los ojos al libro aplastado por su mano usada como marca página. La voz había sido del tipo con el torso desnudo ahora con su camiseta puesta y una pinta que no daría a pensar nunca que es un tipo que se refresca la piel desnuda en fuentes durante el otoño.

Cogió de nuevo el libro tratando de abrir bien los ojos para que el calor no se los cerrara, prohibiéndose volverse a acostar para no quedarse dormida. El libro sintió una bocanada de aire fresco después de sentir la opresión de una mano por algunos segundos y pudo seguir viendo detalles de la cara de su lectora. El torso vestido se había ido, ya no era parte de la vida ni del parque ese día, y Pía volvía a ser una chica indiferente a su entorno, sentada, acostada, o casi dormida en una banca de madera en esos jardines de magnolios, cipreses, fuentes, y algunas esculturas q no se refrescan nunca pero que mostraban torsos como el que había visto hacía minutos sin ninguna señal de calor (y ni se diga de pudor).