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25 noviembre, 2014

Gastritis y claridad mental.*

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“Aquí estoy, nuevamente, pero ahora no mancho papel. La vida es más rápida que nunca y parece que no hay tiempo de usar tinta, nuestros dedos saben ir a la velocidad de nuestros pensamientos y para eso tenemos todos un ordenador. Otra vez haciendo algo que nunca creí volver a hacer, nuevamente recordando lo poco que hubo y lo mucho que se ha sentido; el inicio reacio, el desarrollo gozoso y el final que todavía me causa reflujo y me hace despertarme ahora, a las siete de la mañana, porque ya entra mucho sol, el estómago está furioso y mi respiración por la boca me pide estar de pie; los mocos me invadieron al grado de la congestión…”

Miguel había decidido escribir pero se detuvo. La inspiración ya no estaba en la canción que repetía una y otra vez ni en dejar las cortinas cerradas porque la luz del día entraba como la humedad. Ya no tenía caso localizar la herida únicamente para rascar, sangrar, herirse más por el mero gusto de llorar y desahogarse como estaba acostumbrado. Los queloides eran suficientes ya como para generar otro más. El dolor ahí estaba pero ahora sabía que era un dolor que iba a sanar. Dejó de escribir y empezó a planear su día, su vida, a imaginar lo que iba a hacer entre el desayuno y la ducha. Afortunadamente había mucha ropa por lavar, había que comprar suavizante y dejar de comerse las uñas porque ya las manos no daban más.

Ayer no fue un rompimiento pero igual se sintió muy mal. No fue un adiós sino un “ahora no” con mucho cariño y eso es mucho mejor que odiar, darse la vuelta deseando no volver a verle, sentir que nos han fallado o que no fuimos suficiente. Esta vez fue diferente; la vida a veces se torna malévola, nos dice “gracias por participar pero aquí yo llevo las riendas” y no hay absolutamente nada que hacer. Se despidió, sí, pero para irse a casa y no para siempre. Si la vida quiere jugar con él, seguramente volverá a estar frente a la misma persona en una mejor situación y, esta vez, ya no quiere jugar a volcar todos sus esfuerzos contra lo que está pasando, quiere que todo pase y observar, sentir cómo aprende mientras ve la herida cerrar en su piel. El estómago podrá seguir siendo un caos pero el cerebro ya no quiere jugar a perderse en caprichos. Gastritis y claridad mental; combinación seria y adulta, como adulta la despedida, el abrazo, el beso y la cantidad de agua que salió de sus pupilas.

Pijama, 7 am, sudadera y la luz gritando del otro lado de las paredes. La escena parece la de un escritor cliché escribiendo sobre su sufrimiento, sobre su enajenación y el inundar la vida de palabras para que sus pensamientos se ahoguen. Pero esta vez no es así; las ideas están surgiendo más que nunca, las letras son un mar que él sabe navegar, y el único adiós aquí es al comerse las uñas.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Despedida.