En el Maupassant.*

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Bernardo Sosa es el bartender que todo mundo desea hoy en la ciudad. Empezó cliché, desde abajo, limpiando vasos, barriendo losas, secando platos. Estudió los movimientos de todos hasta la inconsciencia y aprendió el arte, la mezcla, el que un vaso corto no es lo mismo que uno largo y unos hielos sin agitarse en el licor no huelen igual que los que no se han oscilado. “Bernie” (para los frecuentes) ha aprendido de todo, incluso a identificar clientes. Hoy en día es el par de manos que todo mundo quiere preparando su bebida tras esa barra que, gracias al diseño y al mixólogo, te hace sentir que las cosas se hacen con pasión para cada paladar.

Esa barra es un deleite; acabados en madera, los espejos, las botellas en escalera y los bancos a un costado. Suena a cualquier otra barra del mundo pero ésta es una nueva. La luz que abunda pero no invade el espacio es el mejor balance entre calidez e intimidad mientras todo se comparte con todos y se hace camino a la terraza o a la escalera que lleva a la otra planta. Es una bienvenida que invita a inhalar profundamente mientras la gente, las luces, y las charolas de vasos con hielos bailan entre charlas y aumentan conforme se entra.

Y entre toda esta danza de clientes, caras, comiendas, tragos terminados y vasos nuevos, Bernie se entretiene siempre escogiendo una pareja, una mesa, un grupo de amigos para imaginar sus vidas en lo que prepara sus tragos mientras interactúa con sedientos, parlanchines y gritones bebedores .

Hoy escogió a dos hombres que llegaron vestidos de fin de semana. Seguro usan corbata y camisa todos los días porque hoy, cuando todo mundo está de media gala, optaron por camisetas y chaquetas. Sonríe discretamente mientras organiza unos vasos pensando que hoy se han reencontrado aquí para hablar, cuchichear, reír y fumar con una complicidad que, unida a la falta de parejas, desde la barra, él interpreta como coquetear.

Y en realidad no es así. Los dos chicos se juntaron porque la novia de uno de ellos está fuera y había que disfrutar la noche con el amigo. Hablan de Moscú, de la vida que hicieron allá un verano de locura en el que compartían casa con dos chicas de Holanda. Hablan de cómo cada quien tenía su personalidad TAN definida que, aún sin verlas desde aquellos días, es seguro poder imaginar cómo son ahora sus vidas. Se acuerdan de ellas y de cómo los cuatro huyeron del calor asfixiante de Moskvá y se refugiaron en el “fresco” fin de verano en San Petersburgo.

Así es que las conclusiones de Bernie hoy no son acertadas y el que no se toquen estos dos hombre no es timidez en su cortejo, es simplemente que no hay necesidad de hacerlo. Pero eso sí, tomadores son; los gin tónics van y vienen. Tres charolas se han encaminado hacia ellos y seguro ya están a punto de pedir la cuarta. Dos gin tónics: un Tanqueray y un Bombay, servidos con uno y dos limones para identificarlos mejor.

Bernie observa, crea y hace que pase todo en este lugar mientras un grupo de amigos que pretende aparentar más años con tacones y carteras bien llenas pide diez shots de mucho color, demostrando su verdadera edad con sus gritos y tragos desmesurados. Y él continúa en lo suyo; mezclando licores, macerando hielos, frotando diminutos trozos de cáscaras cítricas en la boca de los vasos, preparando bebidas no para embriagar sino con la esperanza de enamorar, de educar un paladar, de seducir con los olores y el sabor que llegue a crear.

En la barra no cesa el tintineo de los cilindros de vidrio y las palabras de amigos o futuras parejas que secretean a volúmenes altos en este momento. En la parte de arriba hay amistades en grupo, pláticas altas en los sillones bajos, los tragos fuertes entres las relaciones débiles creadas entre camareros, clientes y pláticas cortadas por nuevas comiendas. Y en la terraza está la mezcla de todo; las botellas individuales, los vasos, las copas altas y martineras, los tragos fuertes, la proximidad sin pretextos, sin esfuerzos, todos bajo un cielo de nubes exhaladas en mentol o con filtro. Miradas, risas, gritos, humo, todo junto. Todo detrás del vidrio donde está recargado uno de los dos hombres que llamaron la atención de Bernardo desde el principio y han tomado ginebra tras ginebra.

Él vuelve a echarles un ojo mientras con una mano (y sin ver, porque su vista está ocupada) arrastra un whisky old fashioned hacia las manos de una chica que lo observa detenidamente, casi coquetametne, y trata de seguir el camino que guía a la mirada del bartender pero la pierde entre tanta gente. No sabe quién es la persona que le roba la mirada que ella quiere. Su «gracias» con sus ojos clavados en los de él sólo obtiene un «claro» como respuesta y una sonrisa fugaz que casi no cuenta como tal.

Bernardo no sabe que aquellos dos no son pareja pero les prepara sus drinks como si tuvieran planes privados después de los tragos y los cigarros.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: En la barra.

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