Pesarosos.*

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Es de mañana en la carretera escénica. Andrés va de Ensenada a Tijuana.

Kilómetros antes del mirador empieza uno de sus paisajes preferidos; el mar abierto, las granjas de atún como anillos sueltos, el árbol que está perpetuamente en posición de lucha contra el viento como si éste soplara eternamente, los cerros de su lado derecho y el acantilado del izquierdo. Su paisaje favorito. Sí, hasta hoy que no se ve nada.

Todavía tiene ese sabor de madrugada aunque sean las ocho de la mañana. Ese sabor que, aunque te cepilles los dientes se queda y te hace pensar que no has desayunado cada vez que pasas saliva o rodeas los dientes con tu lengua.

Él va en el asiento de atrás, no es ni piloto  ni copiloto, y aún cuando la hora lo permita y pueda hacer una siesta, no lo hace; la neblina densa le da un toque melancólico a la escena y eso le gusta aún más.

Otra vez parte. Otra vez se va. Pero su tierra siempre encuentra la manera de hacerle añorar estar de vuelta cuando todavía no la ha dejado.

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Soy un escritor melancólico. Ése es mi vicio: la nostalgia.

Me llamo Héctor y soy un adicto a la melancolía. Por eso mis ganas de hablar siempre del pasado, incluso de ayer mismo. Por eso estoy en mi cama blanca, echado con ropa negra, y la mente abierta al color de cualquier recuerdo. Le doy la  espalda a la ventana pero disfruto de la luz que entra de ella.

Son las seis de la tarde aunque parecen las diez de la mañana; la niebla no ha dejado que avancen las horas visuales y yo disfruto de quedarme un poco como ella; en el pasado.

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Mi tío murió hace unos días. Estamos en su sepelio. El cementerio más lindo que he visto tiene uno de los árboles más grandes que también he visto, y éste se encuentra muy cerca de donde van a quedar sus restos esperando nuestras visitas. La elegancia de todos es la de una cena diplomática, pero las flores nos recuerdan que no hay un banquete sino una pena.

Mientras veo el ataúd, hecho de una hermosa madera, el frío sopla ligera pero constantemente para entrar por mi nuca y llegar hasta la espalda, erizarme la piel, endurecer mis pezones y sentir un liguero placer con el rose de mi ropa en ellos. Un placer que me sacudo cambiando un poco mi posición y del cual reniego porque mis lágrimas aún están saliendo de pie en este bosque de prados verdes, mármoles grises, y de neblina densa, muy densa, como si el cielo hubiera bajado hasta nuestros pies, haciendo aún más solemnes nuestra vestimenta, nuestro silencio, su partida, y nuestra pena.

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La playa no luce como otras veces, pero es idílica. El cielo gris, la mar tranquila, y las rocas negras y serenas atendiendo, como si supieran que voy a llegar, que voy a darme un tiempo a solas y quisieran verme contemplar el paisaje. Me he puesto mi sudadera gris para no resaltar en mi paraje, pero unos shorts a las rodillas porque el frío de la costa y el ruido de las olas tranquilas llegando a la orilla son cosas que se deben disfrutar con alguna parte nuda del cuerpo.

No sé por qué me he venido a pensar aquí. La casa está sólo a unos pasos, pero hacer el gesto de partir, salir y aparentemente llegar a otro lado, pacifica. No puedo ver el horizonte  porque la bruma se ha estancado frente a la playa, pero aún así me calma. Empiezo a tirar pequeñas piedras al mar y a pensar en el mañana: pero es sólo pensar en él, no imaginarlo, de manera que mi mente se queda en blanco, o, mejor dicho, se queda en gris; como mi sudadera, el mar, el cielo, la arena. Como este frío que me está envolviendo las piernas y que me hace tornar la mirada hacia la casa blanca, la casa abierta. Ahí donde, seguro, ya encendieron la chimenea.

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Tengo una resaca que te cagas y el clima que no ayuda nada. Cierto que es preferible algo de frescura en el clima para mi estado, pero algo de calor no me hubiera caído nada mal como compañía y sustento de mi malestar por haberme bebido dos botellas y media. Eso sí, con la mejor comitiva (¿pero dos botellas y media?!!). Esa niebla del otro lado de mi ventana había creído que desaparecería al despertar porque me acompañó hasta casa al regresar, pero no creí que me esperaría hasta avivarme. Anoche no sentí nada de frío, pero ahora, aunque quisiera, su helado roce con mi piel no serviría de nada; mi cuerpo está que hierve, mis sábanas están a punto de encenderse, y las plantas de mis pies piden tocar el suelo pero no he podido siquiera tomar la decisión de dejar la cama. Revolcarme en las telas de mi colchón no es ningún remedio, como tampoco lo es el agua, la tele, nada. Voy a ducharme con agua helada para ver si así al menos engaño a mi organismo, se cree sanado, y deja de envidiar al agua fresca flotando allá afuera viéndome desde el balcón, del otro lado del cristal.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Niebla.

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