Archive for junio, 2012

26 junio, 2012

Tibieza.*

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Llevaba ya hora y media desdoblando figuras de origami en la mesa del escritorio. Sin pensar en nada, embobado, absorto, con la mente ausente, con el único propósito en sus manos de hacer que los papeles parecieran nuevos, tratando de borrar todo pliegue, cada arruga, aplanando con los dedos largas, cuadradas y coloridas piezas de papel. El tiempo pasaban sin que él se diera cuenta, el sol podía haber viajado desde su derecha hasta su costado izquierdo sin que un solo pensamiento se creara en su cabeza. Planchar, extender, tender, desenrollar, rojo, azul, amarillo, verde. Sus pupilas agitándose sin parar, ansiosas en pequeños movimientos, no alcanzaban a hacer muchos grados entre un punto focal y otro pero sí mucho meneos deseosos, rápidos, incontables. De cerca era alguien completamente embelesado, con un ritmo en sus dedos tan pacífico, tajante y decidido que no concordaba en nada con la cadencia en su mirada.

Todo el ruido en la habitación era el del papel siendo gobernado por dos manos. A lo lejos sólo se advertía el sonido de sirenas en alguna avenida vecina. Pero si el sonido de la sangre corriendo lentamente por el suelo fuera percibido por el oído humano, éste también hubiera formado parte de los ruidos en este cuarto. Un hombre yacía apacible en el suelo con los ojos cerrados al lado de un charco de fluido obscuro y templado que había ido creciendo con el paso del tiempo emanando de su costado. Pero eso no se oía. Hacía más ruido incluso el movimiento vivo de los ojos tensos del hombre que desarrugaba papeles, el mismo que dos horas antes hizo algo sin pensar, llamó a la policía mucho tiempo después, se sentó al lado de su víctima y se empezó a enajenar, empezó a no pensar, a no pensar en decirle adiós a su vida normal después de haberle arrebatado la misma a alguien más, mientras descomponía figuras que alguien había hecho para alegrar y seguro hubieran servido también para consolar.

Las sirenas estaban ya por llegar, la luz de la tarde iba a desaparecer, y todavía le quedaban figuras a descomponer.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Desprendimiento.

21 junio, 2012

En el Maupassant.*

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Bernardo Sosa es el bartender que todo mundo desea hoy en la ciudad. Empezó cliché, desde abajo, limpiando vasos, barriendo losas, secando platos. Estudió los movimientos de todos hasta la inconsciencia y aprendió el arte, la mezcla, el que un vaso corto no es lo mismo que uno largo y unos hielos sin agitarse en el licor no huelen igual que los que no se han oscilado. “Bernie” (para los frecuentes) ha aprendido de todo, incluso a identificar clientes. Hoy en día es el par de manos que todo mundo quiere preparando su bebida tras esa barra que, gracias al diseño y al mixólogo, te hace sentir que las cosas se hacen con pasión para cada paladar.

Esa barra es un deleite; acabados en madera, los espejos, las botellas en escalera y los bancos a un costado. Suena a cualquier otra barra del mundo pero ésta es una nueva. La luz que abunda pero no invade el espacio es el mejor balance entre calidez e intimidad mientras todo se comparte con todos y se hace camino a la terraza o a la escalera que lleva a la otra planta. Es una bienvenida que invita a inhalar profundamente mientras la gente, las luces, y las charolas de vasos con hielos bailan entre charlas y aumentan conforme se entra.

Y entre toda esta danza de clientes, caras, comiendas, tragos terminados y vasos nuevos, Bernie se entretiene siempre escogiendo una pareja, una mesa, un grupo de amigos para imaginar sus vidas en lo que prepara sus tragos mientras interactúa con sedientos, parlanchines y gritones bebedores .

Hoy escogió a dos hombres que llegaron vestidos de fin de semana. Seguro usan corbata y camisa todos los días porque hoy, cuando todo mundo está de media gala, optaron por camisetas y chaquetas. Sonríe discretamente mientras organiza unos vasos pensando que hoy se han reencontrado aquí para hablar, cuchichear, reír y fumar con una complicidad que, unida a la falta de parejas, desde la barra, él interpreta como coquetear.

Y en realidad no es así. Los dos chicos se juntaron porque la novia de uno de ellos está fuera y había que disfrutar la noche con el amigo. Hablan de Moscú, de la vida que hicieron allá un verano de locura en el que compartían casa con dos chicas de Holanda. Hablan de cómo cada quien tenía su personalidad TAN definida que, aún sin verlas desde aquellos días, es seguro poder imaginar cómo son ahora sus vidas. Se acuerdan de ellas y de cómo los cuatro huyeron del calor asfixiante de Moskvá y se refugiaron en el “fresco” fin de verano en San Petersburgo.

Así es que las conclusiones de Bernie hoy no son acertadas y el que no se toquen estos dos hombre no es timidez en su cortejo, es simplemente que no hay necesidad de hacerlo. Pero eso sí, tomadores son; los gin tónics van y vienen. Tres charolas se han encaminado hacia ellos y seguro ya están a punto de pedir la cuarta. Dos gin tónics: un Tanqueray y un Bombay, servidos con uno y dos limones para identificarlos mejor.

Bernie observa, crea y hace que pase todo en este lugar mientras un grupo de amigos que pretende aparentar más años con tacones y carteras bien llenas pide diez shots de mucho color, demostrando su verdadera edad con sus gritos y tragos desmesurados. Y él continúa en lo suyo; mezclando licores, macerando hielos, frotando diminutos trozos de cáscaras cítricas en la boca de los vasos, preparando bebidas no para embriagar sino con la esperanza de enamorar, de educar un paladar, de seducir con los olores y el sabor que llegue a crear.

En la barra no cesa el tintineo de los cilindros de vidrio y las palabras de amigos o futuras parejas que secretean a volúmenes altos en este momento. En la parte de arriba hay amistades en grupo, pláticas altas en los sillones bajos, los tragos fuertes entres las relaciones débiles creadas entre camareros, clientes y pláticas cortadas por nuevas comiendas. Y en la terraza está la mezcla de todo; las botellas individuales, los vasos, las copas altas y martineras, los tragos fuertes, la proximidad sin pretextos, sin esfuerzos, todos bajo un cielo de nubes exhaladas en mentol o con filtro. Miradas, risas, gritos, humo, todo junto. Todo detrás del vidrio donde está recargado uno de los dos hombres que llamaron la atención de Bernardo desde el principio y han tomado ginebra tras ginebra.

Él vuelve a echarles un ojo mientras con una mano (y sin ver, porque su vista está ocupada) arrastra un whisky old fashioned hacia las manos de una chica que lo observa detenidamente, casi coquetametne, y trata de seguir el camino que guía a la mirada del bartender pero la pierde entre tanta gente. No sabe quién es la persona que le roba la mirada que ella quiere. Su «gracias» con sus ojos clavados en los de él sólo obtiene un «claro» como respuesta y una sonrisa fugaz que casi no cuenta como tal.

Bernardo no sabe que aquellos dos no son pareja pero les prepara sus drinks como si tuvieran planes privados después de los tragos y los cigarros.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: En la barra.

12 junio, 2012

Convidante.*

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Jota Jota está algo inquieto. Hoy tiene invitados y le queda poco tiempo para terminar la cena pero nada de eso es lo que lo tiene agitado. Jota Jota está tenso porque el diseño de su nueva cocina (en su nuevo departamento) lo altera. Desde hace unos minutos se ha dado cuenta de que en la posición en la que se encuentra, de frente a la estufa y la parte más larga de la barra, su campo visual abarca solamente la pared que tiene enfrente. Y eso lo pone un poco insensato.

La isla que todavía no ha usado, pieza central de este nuevo espacio, está detrás de él, y el enorme hueco en el muro que comunica su cocina con la sala y comedor lo hace sentir incómodo cuando la noche ha empezado y no hay luces encendidas del otro lado. Áreas donde debería llenarse de energía las siente como un hoyo negro cuando las tiene contra su dorso ciego.

Las luces encendidas son sólo de la cocina, y el único sonido que le acompaña es el fuego de las hornillas, el que emana de una olla, y el de las burbujas de lo que sea que esté hirviendo. El eco de un tenedor batiendo claras en el tazón plateado ha quedado en su mente como el sonido estresante de un reloj.

Pero ni toda esa orquesta culinaria le ha hecho olvidar el vacío que hay entre su espalda y el fin de la casa. El frío silencio que hay del otro lado de estas paredes pesa. Siempre que la obscuridad lo rodea siente que alguien lo observa, y aquí no sabe si es tras la negrura de las ventanas o si es la noche dentro de su sala, pero le observa. Su piel dilatada y sus ojos secos han sido testigos de cómo su atención se ha enfocado a todo lo que no puede ver; la sal se ha puesto dos veces en uno de los guisados y ha pasado desapercibida en el recipiente hirviente, el azúcar se agregó de más en el postre y el agua del risotto se ha consumido a fuego lento por lo que éste se ha empezado a secar. El estrés causado por este ente inventado en la obscuridad también observa cómo el vino sigue cerrado y no se ha dejado respirar, y no dijo nada, pero la mantequilla ya estaba quemada antes de empezar a cocinar. Jota Jota no tuvo mente para reparar en todo eso, sólo quiere terminar y estar sentado en el salón con las luces prendidas.

No supo ni organizar las actividades pre anfitrión; tomó una ducha y se arregló para después preparar la cena, cosa que, pensando mejor, debió hacer antes de cambiarse; estaría fresco, esperando a los amigos, incluso hasta bebiendo ya una copa de vino que no se ha abierto aún. Y acordándose del vino se torna hacia la isla, coge un quita corchos y destapa una botella de las que ya tiene afuera no sin antes echar un vistazo a “la boca del lobo” que se abre entre el área social y sus pupilas, pensando nuevamente en esos ojos que lo observan pero ahora del otro lado, desde la estufa, donde la comida suena. Da la vuelta y esa mirada juega a las escondidas mientras él sigue moviendo la comida, probando sin gustar, agregando ingredientes pensando que la gente está ya por llegar, que la gente ya debería de llegar, que ojalá la gente ya estuviera aquí y acabara con su soledad cada que las luces no están.

Ojalá sonara ya la puerta y estuviera lista la sopa, los dos cortes, y ojalá ese postre hubiera estado metido en la nevera porque así nunca va a cuajar.

Tararea una canción como para ignorar su pesadilla, se quita el delantal, lava unos trastes y después sus manos para volver la cara al vino y regresar la mirada a la sala. Con las hornillas apagadas ya no hay más ruido que el que él haga. Su compañía es el olor de la cocina y el pensar que, aún sin tanta hambre, la cena no ha quedado tan mal.

Armado de valor prende una luz y enciende la música, ambienta un poco la casa pero la soledad no se va. Huele a anfitrión pero también a desazón.

Una última ida al vestidor; un rocío de su loción, una última mirada al espejo, y por fin el timbre se hace sonar. Jota Jota sale y camina aliviado a la puerta como si con el primer invitado desapareciera la mirada intrusa que lo asecha. Y ahora sí se pone a pensar en que espera que a todos les guste la comida, ojalá no esté muy seco el risotto, y habrá que abrir otra botella y meter los panes listos al horno.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Sazón.

4 junio, 2012

Pesarosos.*

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Es de mañana en la carretera escénica. Andrés va de Ensenada a Tijuana.

Kilómetros antes del mirador empieza uno de sus paisajes preferidos; el mar abierto, las granjas de atún como anillos sueltos, el árbol que está perpetuamente en posición de lucha contra el viento como si éste soplara eternamente, los cerros de su lado derecho y el acantilado del izquierdo. Su paisaje favorito. Sí, hasta hoy que no se ve nada.

Todavía tiene ese sabor de madrugada aunque sean las ocho de la mañana. Ese sabor que, aunque te cepilles los dientes se queda y te hace pensar que no has desayunado cada vez que pasas saliva o rodeas los dientes con tu lengua.

Él va en el asiento de atrás, no es ni piloto  ni copiloto, y aún cuando la hora lo permita y pueda hacer una siesta, no lo hace; la neblina densa le da un toque melancólico a la escena y eso le gusta aún más.

Otra vez parte. Otra vez se va. Pero su tierra siempre encuentra la manera de hacerle añorar estar de vuelta cuando todavía no la ha dejado.

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Soy un escritor melancólico. Ése es mi vicio: la nostalgia.

Me llamo Héctor y soy un adicto a la melancolía. Por eso mis ganas de hablar siempre del pasado, incluso de ayer mismo. Por eso estoy en mi cama blanca, echado con ropa negra, y la mente abierta al color de cualquier recuerdo. Le doy la  espalda a la ventana pero disfruto de la luz que entra de ella.

Son las seis de la tarde aunque parecen las diez de la mañana; la niebla no ha dejado que avancen las horas visuales y yo disfruto de quedarme un poco como ella; en el pasado.

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Mi tío murió hace unos días. Estamos en su sepelio. El cementerio más lindo que he visto tiene uno de los árboles más grandes que también he visto, y éste se encuentra muy cerca de donde van a quedar sus restos esperando nuestras visitas. La elegancia de todos es la de una cena diplomática, pero las flores nos recuerdan que no hay un banquete sino una pena.

Mientras veo el ataúd, hecho de una hermosa madera, el frío sopla ligera pero constantemente para entrar por mi nuca y llegar hasta la espalda, erizarme la piel, endurecer mis pezones y sentir un liguero placer con el rose de mi ropa en ellos. Un placer que me sacudo cambiando un poco mi posición y del cual reniego porque mis lágrimas aún están saliendo de pie en este bosque de prados verdes, mármoles grises, y de neblina densa, muy densa, como si el cielo hubiera bajado hasta nuestros pies, haciendo aún más solemnes nuestra vestimenta, nuestro silencio, su partida, y nuestra pena.

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La playa no luce como otras veces, pero es idílica. El cielo gris, la mar tranquila, y las rocas negras y serenas atendiendo, como si supieran que voy a llegar, que voy a darme un tiempo a solas y quisieran verme contemplar el paisaje. Me he puesto mi sudadera gris para no resaltar en mi paraje, pero unos shorts a las rodillas porque el frío de la costa y el ruido de las olas llegando a la orilla son cosas que se deben disfrutar con alguna parte desnuda del cuerpo.

No sé por qué me he venido a pensar aquí. La casa está sólo a unos pasos, pero hacer el gesto de partir, salir y aparentemente llegar a otro lado, pacifica. No puedo ver el horizonte  porque la bruma se ha estancado frente a la playa, pero aún así me calma. Empiezo a tirar pequeñas piedras al mar y a pensar en el mañana, pero es sólo pensar en él, y mi mente se queda en blanco, o, mejor dicho, se queda en gris; como mi sudadera, el mar, el cielo, la arena. Como este frío que me está envolviendo las piernas y que me hace tornar la mirada hacia la casa blanca, la casa abierta. Ahí donde, seguro, ya encendieron la chimenea.

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Tengo una resaca que te cagas y el clima que no ayuda nada. Cierto que es preferible algo de frescura en el clima para mi estado, pero algo de calor no me hubiera caído nada mal como compañía de mi malestar por haberme bebido dos botellas y media. Eso sí, con la mejor comitiva (¿pero dos botellas y media?!!). Esa niebla del otro lado de mi ventana había creído que desaparecería al despertar porque me acompañó hasta casa al regresar, pero no creí que me esperaría hasta avivarme. Anoche no sentí nada de frío, pero ahora, aunque quisiera, su helado roce con mi piel no serviría de nada; mi cuerpo está que hierve, mis sábanas están a punto de encenderse, y las plantas de mis pies piden tocar el suelo pero no he podido siquiera tomar la decisión de dejar la cama. Revolcarme en las telas de mi colchón no es ningún remedio, como tampoco lo es el agua, la tele, nada. Voy a ducharme con agua helada para ver si así al menos engaño a mi organismo, se cree sanado, y deja de envidiar al agua fresca flotando allá afuera viéndome desde el balcón, del otro lado del cristal.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Niebla.