Calle Barquillo, 44.*

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No he tenido tiempo de superarlo. Mentira; he tenido demasiado tiempo, pero no le he dedicado ni siquiera un momento. No he querido ni pensar. Para mí, nada ha pasado, todo sigue como fue. Sigo ahí de alguna manera, las luces no se han apagado, y yo sigo cantando, moviendo el cuerpo, escuchando música, escándalo, y si cierro los ojos puedo sentir las luces rojas de todo el lugar pintando mis párpados, garganta, cuello, y brazos de decibeles magenta.

Todavía elevo los brazos al aire, uno más arriba que el otro porque la bebida siempre corre peligro de querer salir del vaso y convivir con todos, pero su euforia la preferimos dentro y no en el pelo de otros o, peor aún, en el suelo.

Y Nirka. Mi querida Nirka, siempre con sus rubios rizos (recogidos o sueltos, bellos rizos), rockeros, siempre bailando conmigo, haciendo de mi noche una mejor aún, alcahueteando mis ganas de salir, mis ganas de gin tónics, de no llegar a casa antes de las seis de la mañana, de pieles magentas, miradas obscuras, brincos, y algarabía. Amo cuando identifica una canción y dice que es mía, que es sólo mía, y me pone más eufórico que el mismo cantante, la canto, casi la deletreo, la bailo, y me convierto por tres minutos y cuarenta y tres segundos en rockstar.

No sé qué ha sido lo que se apoderó de una parte de mí. Qué cosa fue con lo que mi alma identificó de tal manera en ese lugar que parece que se vio en un espejo con una multitud igual a ella y se quiso quedar pegada con los pósters antiguos, quiso seguir viva en los bulbos resplandecientes (ahí cerca de donde la luz carmesí se convierte casi en blanca), perdió toda dignidad quedándose en los charcos de bebida y acostada boca arriba en el suelo del lugar. Nunca ha querido saber que el momento se ha acabado. Ella ahí se quedó, aferrada y con los ojos cerrados.

Y yo con ella sigo ahí, escuchando canciones viejas, canciones para la vida, para el pasado, para el cuerpo desconocido que hoy nos ha cautivado, para el futuro, canciones con batería, mucho bajo, mucha guitarra, mucho mucho alcohol, mucho olor a cigarro, y mucha fila para ir al baño. Pero con estruendo a tal grado que hasta en el baño seguía la fiesta.

Sí. En el baño. Fiesta. Como los dos tipos que escuché claramente en el sanitario hablando e inhalando  lo que supongo fue lo que los hizo salir más entregados a la música que el mismo cantante o baterista (o igual que ellos), las dos mujeres besándose al final del espejo de los baños jugando y gozando antes de regresar con sus novios, y a los amigos abrazados de regreso a la multitud, regresando a no querer tocar el suelo con los pies por más de un segundo, a derramar bullicio y hielos sobre los demás porque uno ya no estaba para tomarse la molestia de preocuparse ni por su mismo vaso. Total, la barra seguía abierta y el guapo o la guapa de la barra “nos atienden como reyes” (cada vez más reyes, más borrachos, mejor música, y más vasos).

No sé si fue mi alma identificada, si fue Nirka, el alcohol, si fue la luz roja,  las canciones que tanto me despiertan en una sola noche, si fueron las anécdotas juntas, los besos, las carcajadas, las miradas encontradas cuando cada canción nos despertaba a todos lo mismo. Yo sólo sé que, en tardes como hoy, me gustaría que llegara la noche para poder volver, oír al grupo, alcoholizar el ser, y saber que soy feliz; roja, estruendosa, borracha, y extremadamente feliz.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Concierto.

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