Ana.*

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Las bocinas en shuffle (y en repeat) tocan Fallin’ de Alicia Keys. Anita está en su cama y su cuarto de princesa árabe, ése renovado que papá accedió a hacerle por sus dieciséis años y que tiene repleto de alfombras, su cubrecamas bordado, cojines, y lámparas de latón y plata en formas de celosías. Anita sigue siendo la princesa de la casa, sí, pero ante todos es joven princesa, no una niña más. Su cabello largo y suelto, su arreglo, y su manicura lo dicen a los ojos de todos, pero ella sigue soñando como muchas niñas de su edad y, ahora, tal vez, ya no tan de su edad.

Y es que lo que pasa es que Anita está enamorada. O mejor dicho, Anita fantasea y se ilusiona con la idea de estar enamorada. Para ser exactos; fantasea con la imagen de Abelardo.

Escuchando Alicia Keys, música que oía su hermana mayor (ahora casada), se siente grande, viva, enamorada de la idea de un novio y algo de placer. Su juventud le da el poder de sentirse dueña del mundo, y la libertad de imaginarse lo que se le venga en gana, impúdico, lúdico, o malhechor. Para eso tiene su cuarto ambientado como el de la hija de un jaque; para soñar, planear, o incluso vivir lo que ella quiera (o imaginar que vive lo que ella quiera).

Abelardo es a quien ella tiene ahora en sus brazos, no a su cojín de seda y bordados. Sus manos no acarician las mechas de hilos que cuelgan de los costados, no, es el pelo de Abelardo, y el olor de su perfume impregnado en las telas no es el de ella sino el de él, y lo imagina más fuerte, más denso. La suavidad de la tela se convierte en lo tosco de unos poros con más años que ella, y los bordados a veces fuertes en la cama o en la almohada son a la par la barba o cabello, cualquier parte de su cuerpo pero no es su cama, es la de él.

Ana saca la cara de sus cojines y vuelve la cara al techo para respirar. Siente como la seda fresca le besa el cuello como si fuera un toque húmedo y terso. Las manos de Abelardo han guiado a las de ella a lugares donde, a veces, ni ella se permite llegar pero llega; y él la toca, suavemente, como si temiera hacerle daño pero firme como un rayón de crayola cuando tenemos cuatro años. Y ella se deja llevar.

El cuarto de Abelardo huele a limpio, a casi nuevo. Su saco está botado en la silla del escritorio, y la corbata la lleva floja, con el nudo ya mal hecho. Sus manos se apoderaron de sus piernas y de sus costillas, y el calor de su cuerpo toma desde hace rato altas medidas. Ana instintivamente se vuelca boca abajo, se toca, se arquea, se retuerce con los ojos cerrados hasta que queda sobre él, hincada, sentada sobre él, y él, atónito, como si no supiera qué hacer, la contempla. Ella siguiendo las órdenes que le da su cuerpo se quita la blusa, y cuando se descubre casi desnuda del torso sobre el cuerpo de ese hombre le llega un olor conocido, su desodorante, el olorcito ese a girasol y talco que no deja de hacerse ver aún bajo el perfume de “grande”. Ese olor a bebé -como ella dice- que mamá no ha querido cambiar en la lista de la compra. Ana se muere de pena, se cubre con la blusa el pecho, se separa rápidamente del otro cuerpo y se tumba boca arriba, apenada, agitada, frustrada. Abelardo desaparece y ella regresa a sus sábanas de cientos de hilos y sus cobertores bordados. Le choca ser esta princesa de dieciséis años con más ganas de pasión que una señora de cuarenta.

Y ese olor. Ese ahora maldito olor de niña que seguro no llama la atención mas que de pervertidos o de abejas. Se queja de volver a su joven realidad cuando lo que desea es una pervertida adultez. Porque Abelardo es el amigo de papá. El joven, el que tiene algunas canas en la cabeza pero todavía contables, el que viaja con él, el que come en casa cuando llegan de viaje, el de los ojos obscuros que brillan por doquier, Abelardo, sí, el que tiene vello en sus manos, el aplaudible en su trabajo, él, él, él.

Las bocinas cantan “How do you give me so much pleasure… and cause me so much pain…” y Ana apaga la música de un golpe. Entre suspiros y una fuerte respiración, se ríe y niega con la cabeza su obsesión como un niño tratando de ocultar una mentira sin lograrlo.

¡Lo que dirían las amigas del Sor Juana! Tan tableadas, tan de calceta blanca y comportamientos casi tan pulcros; lo que dirían y cómo la envidiarían cuando pasara por ella en su coche de lujo para dos, como aquella vez hace unos años, cuando para ella era el amigo de papá, y ahora lo quería convertido en amigo de ella, en cómplice. ¡Y lo que dirían las monjas! El caos; papá y él enfrentados, mamá y papá enfadados, y los permisos limitados. Todo si su cuarto de princesa no fuera tan de princesa y fuera más de emperatriz o concubina para hacer lo que le venga en gana; como Maria Antonieta, como Juana la loca, o como Ana Bolena.

Pero no. Nada es así. Mamá ha tocado la puerta y ya es hora de arreglarse. Vienen dos amigos de papá a cenar acompañados de sus parejas. Sus parejas; Abelardo de la mano de una versión de Ana (según ella) con algunos años y medidas más, pero menos belleza (según ella). Hoy se va a arreglar más y se pondrá tacón. Ya no es una niña más y es momento de hacerlo ver. Hoy se pondrá un poco más de perfume y, por qué no, también de ese desodorante olor a niña pequeña, esperando que, tal vez, el arreglo de mujer y el olor a lo que queda de inocencia logren su cometido y perviertan al hombre que en sus noches árabes adorna, viste, y reaviva su cama, sus velos, y sus deseos. O bueno, que al menos le hable y le sonría varias veces durante la cena.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Smells like teen spirit.

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