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23 abril, 2012

Lo que dura un piti.*

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Gael estaba por encender un cigarillo en el balcón cuando llegó a una conclusión: hoy era el día. No había razones para esperar. Nunca hay motivos para esperar a tomar una decisión. Se espera cuando es algo que no depende de nosotros, y en esta ocasión todo dependía completamente de su voluntad.

Hoy lo haría. Estaba claro. La luz brillante del día, las paredes testigo de su andar de un lado a otro, el suelo de madera y la mesa de vidrio, hasta el aire que entraba en sus pulmones, todo decía que el momento había llegado, y lo confirmaba un sabor amargo que ya tenía.

Regresó de sus pensamientos y vio que no había prendido el cigarrillo. Estaba ahí entre sus labios y tenía el encendedor en la mano. Se puso a sentir su propio pulso poniendo atención en la forma en la que temblaba el cigarro en su boca; los labios cada vez cediendo más a soltar el tabaco, pero éste ya pegado a su piel se sostenía, los dientes los tenía apretados, y la vista perdida como si todavía pensara pero con la mente fija en lo que el piti hacía en su boca.

Iba a resignarse. Esa era la acción. La decisión. No hacer nada. Había decidido no volver siquiera a pensar en el tema. Cansado estaba ya de pensar en miles de pláticas que nunca surgieron, de esperar a que le pidieran un rato a solas, y hasta asqueado se sentía de pensar en pedir uno él mismo. Seguro estaba de que sus ojos lo pedían a gritos, de que su piel estaba lista para adaptarse y atraer al cuerpo que deseaba, y hasta el viento que corría a su alrededor olía a lo que tanto necesitaba. Pero ni con todo eso junto cambiaba de opinión.

Hoy no iba a hacer lo que siempre hace. Hoy se iba a frenar. Tal vez por orgullo pero así era como había de actuar. Y le pesaba. La oportunidad ya la había tenido una vez, y aunque pudiera buscar una más, no la quería, no la tomaría, no era para sí.  Pero la verdad es que eso era lo que más deseaba, moría por gritar desde la calle con un altavoz pero había llegado el momento de parar con esto que no lo estaba llevando a nada.

Por fin prendió el encendedor y comenzó a consumir bocanadas de humo. Durante las diez o quince caladas que le dio al tabaco no pensó en otra cosa que no fuera su cara, su mirada, las ganas de que todo fuera diferente, y con un extraño dolor de estómago apagó el cigarro con el pie derecho.

Su sorpresa fue al entrar del balcón a la casa. Le estaba esperando en la puerta de la habitación. La forma en la que le veía le aceleró el corazón y supo inmediatamente que sus planes corrían peligro de no lograrse si sus palabras eran las correctas.

¿Podemos hablar? –le dijo. Y su plan, afortunadamente, tuvo que esperar.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Segundas Oportunidades.

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