Nuestros secretos.*

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Aquí, en la tina de baño, completamente desnudo y con una toalla caliente que me tapa los ojos, escojo el momento para vivir completamente mi catarsis. Aquí mismo, con la piel sumergida en el agua desde los pies hasta las cervicales, puedo hacerte una confesíon: lo sé todo. Lo sé y no te he dicho nada para ponerte a prueba y aprovecharme un poco de ti, si es que así le puedo decir.

Sé que te acuestas con él. Sé que entre las horas de violín y las de hacer la compra existen horas muertas en las que el violín espera mudo en la parte trasera del coche y la comida cuchichea en la cajuela hasta que sales de su casa y arrancas el motor, para regresar aquí, al lugar del que has salido y, quieras o no, has de regresar.

No te he dicho nada para que creas que no sé nada, siguas haciendo tu juego de nos vemos-beso-te quiero, tan tranquila como siempre me dejes seguirte sin que tú sospeches, y así sigas haciendo una de mis fantasías más calladas algo palpable.

He de serte franco; me ha sorprendido el que hayas encontrado algo tan barato pero a la vez bonito y, al parecer, hasta bueno para reemplazarme. Has hecho una buena búsqueda, lástima que me haya tocado descubrirte en éste, tu último candidato, y no antes cuando andabas de cacería.

A él le llamo barato porque se conforma con unas pocas horas contigo, pero baratas también son las paredes de su apartamento y la puerta que, supuestamente, los matiene a ti y a él apartados de su vida afuera. Desde la primera vez que estuve del otro lado, escuchando primero murmullos, silencios de respiraciones fuertes, y el sonido de sus orgasmos, supe que la madera no era buena y los muros eran demasiado indiscretos.

Así es. Fuera de su entrada lo he oído todo. Una y otra vez, La primera vez fue lo peor, llegué a pensar que la ira me iba a dejar sordo y que iba a derribar la puerta. Pero algo entre mis lágrimas contenidas y el cierre firme de mis dientes despertó mi razón y, peor aún, mi curiosidad; por el hueco de la vieja mirilla y por debajo de la hoja de madera podía ver pies, piernas, ropa, cabello, luz que entraba desde las ventanas, pero sobre todo a ti, cumpliendo una fantasía que jamás me hubiera atrevido a pedirte que cumplieras porque eres la mujer perfecta, la mejor mojigata de tu círculo de amigas, la mosca muerta mejor actuada de la familia, y me aproveché de ti. Grabé todo en mi mente enferma de celos, enferma de tu placer despertado por otro, enferma de excitación al poder ver todo (o casi todo) sin ser visto pero con el peligro de llegar a serlo.

No voy a mentir y decir que es lo mejor que me ha pasado, no. Mi ira sigue aquí instalada entre la parte trasera de mi lengua y la boca de mi estómago, pero el morbo y el placer de burla han logrado sosegarla. Tácahame de enfermo, de loco, de lo que quieras. Tú eres mi puta a domicilio sin goce de sueldo, y ahora eres mi película porno con diferente director cada que hay tarde de violín o hay que ir a hacer la compra. Y eso casi me encanta.

Al principio el dolor fue inmenso y la herida muy profunda, pero pronto se cerró. Cuando la costra empezó a escocer empecé a rascarme hasta volverme a abrir la llaga, y del dolor conocí un camino al placer tan vivo que no pude salir de ahí. Y ahora no puedo parar.

Te oigo, te veo por la rendija bajo la puerta, o al menos veo algunos muebles que cobran voz. A veces pienso que ojalá tuvieras más imaginación para llegar con alguna nueva historia a casa, sólo por diversión, por ver tu cara de esposa contando un cuento mientras yo recordaría la imagen de la madera mal pintada, de amantes con la ropa en las rodillas, de muebles que cobran vida.

Y te confieso una cosa más: me estoy aburriendo pero todavía voy a verte a través de la parte baja de su entrada, o a oírte tras ella. Sigue exitándome ver a una mujer con un tipo barato cogiendo, follando, o haciendo el amor como supongo le dicen después de tanto tiempo. Me excito pero jamás me toco. Si quisiera correrme podría hacerlo aquí en la casa, en la cama en la que duermes, pensando en ti o en alguien más, pero esto no es venganza ni ganas de orgasmo, es morbo, es burla, es un juego de yo lo sé y tú no. Al final de cuentas te he tenido tantas veces desnuda que podría imaginarte completamente sin problemas, con los ojos cerrados y el agua humedeciendo toda mi piel. Excitarme nunca ha sido ningún problema, pero este baño el placer que me da es, además de limpiar mi piel, limpiar mi conciencia. En cuanto me quite la toalla caliente de los ojos, voy a abrirlos como un hombre nuevo, uno que ha hablado siempre con la verdad a su mujer.

Te voy a dejar. La historia será que yo veo a otra persona, así podré disfrutar tu frustre de no haber usado antes esa máscara de sinceridad, y yo podré seguir yendo a ver, ahora sí, a un par de extraños que viven en un apartamento barato en el que se les puede observar cada día que hacen el amor, si es que así le llaman después de tanto tiempo.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Voyeur.

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