Sabatini.

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Era Septiembre y aún había sol suficiente para salir de casa a leer. Una banca, un enorme magnolio, y el juego de sombra entre los dos creaban el lugar ideal para hacerlo. Después de tres posiciones de lectura (incluido acostada), Pía decidió volverse a sentar para descansar el cuerpo de las duras barras de madera en las que estaba. Mientras lo hacía, su mirada fue robada por un torso que salía entre los arbustos que rodeaban una de las fuentes en los jardines. Era solamente el torso de un hombre, pero como si de un desnudo se tratara, giró la cabeza al lado contrario del parque, acto seguido por regresar la mirada lentamente para saber si era verdad lo que había visto e investigar si el indigente seguía ahí. El indigente, claro, porque sólo un indigente estaría mojándose el torso en una fuente -pensó.

Detrás de uno de los cipreses, y entre los arbustos, el torso volvió a mostrarse del otro lado de la fuente, y esta ocasión se ponía una camiseta. Pía, perdiendo todo tipo de interés (o morbo) regresó la mirada a su lectura. Su libro había estado observándola, abierto, esperando su atención, imaginando qué apartaba sus ojos de las letras, imaginándose un mundo en los tonos de la copa del magnolio ya que él, a diferencia de su lectora, no podía girar y observar el mundo,  sólo podía ver caras, ojos, copas de árboles, techos y orificios de nariz. Las historias, los torsos, y los colores de las paredes se los tenía que imaginar. Y ahora la atención regresaba a él, a sus páginas, o al menos eso pensaba. Pero ella, aún con la vista sobre el papel marfil, no dejaba de pensar en lo raro que ha de ser verse en la calle y en la necesidad de coger agua de una fuente y, sin pena alguna, quitarse la camisa y refrescarse la axilas y lavarse el pecho, o lavarse las axilas y refrescarse el pecho, como fuera. Pensaba también en la clase de trabajo duro que habría de ejercer para tener un torso así.

Una vez de vuelta en su lectura, unas pisadas se acercaron a la banca y una voz en tono de reclamo se había dirigido a ella. Le llamó la atención que fue en un acento extranjero pero con vocabulario local. Todo pasó tan de repente que no tuvo tiempo de pensar y regresó los ojos al libro aplastado por su mano usada como marca página. La voz había sido del tipo con el torso desnudo ahora con su camiseta puesta y una pinta que no daría a pensar nunca que es un tipo que se refresca la piel desnuda en fuentes durante el otoño.

Cogió de nuevo el libro tratando de abrir bien los ojos para que el calor no se los cerrara, prohibiéndose volverse a acostar para no quedarse dormida. El libro sintió una bocanada de aire fresco después de sentir la opresión de una mano por algunos segundos y pudo seguir viendo detalles de la cara de su lectora. El torso vestido se había ido, ya no era parte de la vida ni del parque ese día, y Pía volvía a ser una chica indiferente a su entorno, sentada, acostada, o casi dormida en una banca de madera en esos jardines de magnolios, cipreses, fuentes, y algunas esculturas q no se refrescan nunca pero que mostraban torsos como el que había visto hacía minutos sin ninguna señal de calor (y ni se diga de pudor).

 

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