Valeriana officinalis.

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Anoche, para dormir tranquilo, Marco cerró los ojos y empezó a pensar en la tez de Alma. Nunca se lo ha dicho pero siempre le ha gustado su piel. Despertar con ella es como volver a ser un niño que come un helado. Y es hermosa. Siempre, por alguna razón, la siente frágil y a la vez protegida en ella; es delicada pero fuerte, con la frescura y dureza de la porcelana mezclada con lo suave y maleable de la seda. Al tacto es como si algo se pudiera rasgarse en añicos o romperse en hilos. Preciosa.

Ayer se acostó así, pensándole cerca, simplemente para atraer un sueño. Una vez cerrando los ojos, imaginó su hombro cerca de su oído y sonrió. Comenzó a pensar en describirle y empezó a respirar profundo. Y le abrazó, le sintió, le olió. Estuvo a punto de darle un beso pero sabía que no estaba ahí. Sólo cambió de posición y volvió a sonreír justo antes de lograr dormirse. “A veces, sólo quisiera hacerte ver que me encata tu piel. Que te quiero, y que me encanta tu piel” –pensó.

Hoy, ya despertó. Pero todavía sigue pensando en ella.

 

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