Archive for agosto, 2011

19 agosto, 2011

Valeriana officinalis.

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Anoche, para dormir tranquilo, Marco cerró los ojos y empezó a pensar en la tez de Alma. Nunca se lo ha dicho pero siempre le ha gustado su piel. Despertar con ella es como volver a ser un niño que come un helado. Y es hermosa. Siempre, por alguna razón, la siente frágil y a la vez protegida en ella; es delicada pero fuerte, con la frescura y dureza de la porcelana mezclada con lo suave y maleable de la seda. Al tacto es como si algo se pudiera rasgarse en añicos o romperse en hilos. Preciosa.

Ayer se acostó así, pensándole cerca, simplemente para atraer un sueño. Una vez cerrando los ojos, imaginó su hombro cerca de su oído y sonrió. Comenzó a pensar en describirle y empezó a respirar profundo. Y le abrazó, le sintió, le olió. Estuvo a punto de darle un beso pero sabía que no estaba ahí. Sólo cambió de posición y volvió a sonreír justo antes de lograr dormirse. “A veces, sólo quisiera hacerte ver que me encata tu piel. Que te quiero, y que me encanta tu piel” –pensó.

Hoy, ya despertó. Pero todavía sigue pensando en ella.

 

4 agosto, 2011

Cuatro testas, tres patrañas, dos moradas, una villa.

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La panera estaba vacía, así es que decidí salir a comprar pan. Ése fue el suceso que cambió el día; la panera vacía. Salí de casa al lugar más caro pero que no está tan lejos andando, valía la pena caminar lo menos posbible bajo ese sol de verano que nos cuece poco a poco la piel como si nos estuvieran cocinando. Una vez adentro, por azares del destino, dejé que el tiempo volara y que todo lo que tuviera que ser pasara. Mi afán de tener todo en casa para cuando se ofrezca (o cuando yo quiera) se apoderó de mí y de mi paciencia.

Era cualquier otro día de calor sin relevancia. Los grados centígrados así lo decían. Era como el día anterior pero ese anochecer tenía algo más; Roberto estaba por entrar a la casa. Ya había logrado forzar la cerradura y abría la puerta poco a poco. La luz estaba apagada dentro y fuera. Había planeado esto desde hacía meses y había observado la casa por semanas. Hoy era el día. Hoy, y a esa hora. No había nadie en casa como era costumbre y, para él, supongo, era recuperar hoy sus cosas o no volverlas a ver nunca.

Eva, según yo, se había quedado en casa. Tenía una cara que tampoco era la de todos los días. A veces sólo quisiera un poco de mota, lo sé. Así nada más, porque quiere, porque quiere y no debe. Un porrito y alejarse unos segundos de la realidad con su música preferida, la misma que ni a todo volumen logra apartarle de sus pensamientos gritando al mismo tiempo, y que lo único que logran es su agobio y no su atención. Un porro. A veces dos. Pero hoy no tenía ni para comprarse un mechero. Probó un cigarrillo, luego un segundo, y no pasaba nada.

Dos barrios más abajo del nuestro vivía Bertha, una de tantas (como todos) que quería renunciar a su trabajo. Estaba a punto de doblar toda la ropa que había lavado y estaba seca, y pensaba al mismo tiempo en que debía comenzar aquel proyecto que tiene en manos pero del cual se desanima casi al instante de abordarlo. Bertha era una niña bien pero no por elección, y eso también la agobiaba. Odia los protocolos y el andar con demasiada propiedad, pero esas son cosas que, al crecer así, ya no tienen solución. Lo que sí la tiene es el trabajo, y por lo pronto pensaba que el lunes renunciaba porque ya no podía más.

Y es que la procrastinación en Bertha es su modus operandi; su vaso con agua en ayunas, su falta de constancia en el ejercicio, sus tardes perdidas, sus pocas ganas de hacer todo y muchas de hacer nada. Renunciar al trabajo es inconscientemente la mejor excusa para poder seguir con el ritmo de vida que se ha apoderado de sus bailes entre la recámara, el baño, la recámara, la cocina, y la recámara con la televisión encendida aunque nunca la vea en todo el día. Sólo piensa en irse a la cama y acomodar la ropa que hay por doblar ahora sobre el escritorio, para que no se arrugue mientras no la dobla.

Eva, por el contrario, prefirió irse a la calle. Fue a pillar lo que fuera que se pudiera fumar con crédito. Seguro que le dejaban pagarle el próximo fin. Total, faltaban ya tres días para que llegara y saben que ella no falla. Además parecía no poder tener otro día como hoy de forma consecutiva. Ni supo qué se había puesto para salir, pero seguro que su combinación de amarillo, gris, vaqueros viejos, y zapatos cafés no eran la mejor pinta que haya tenido en días; total, voy y regreso, no es como que he quedado con alguien o me voy a topar con algún conocido –pensó, y siguió por donde iba.

Mientras tanto, en nuestra casa, Roberto ya estaba dentro y, por inercia, prendió la luz olvidando el destello del recibidor que llega hasta la calle. La apagó inmediatamente y continuó caminando a obscuras. La casa la conocía bien, podía entrar sin ser visto porque había vivido ahí. Sin embargo, al ver las fotos, la mesa arreglada lista para alguien más, y percibir otra vez el olor con el que hasta hace algunos meses despertaba cada mañana, se arrepintió. Se detuvo en la entrada de la habitación (su antigua habitación) y casi sonrió.

Pero tras sonreír, recordó también lo malo que le tocó vivir ahí, y no hubo poder humano que le hiciera dar marcha atrás; rompió marcos, quebró aquella mesa de vidrio que tanto les había costado comprar, y como firma de ladrón jaló las cortinas del salón y desahogó toda su furia. Todo, después de haber cogido sus mancuernillas, sus trajes y la única carta que me había escrito, escondida donde yo siempre guardo lo que estimo; en el hueco que queda quitando el cajón más bajo del lado derecho de la cómoda. Se llevó la carta también porque no quiso dejar rastro de su vida ahí. Salió, y se fue directo a casa (su nueva casa).

Ahora que lo pinenso, sinceramente, creo que la panera también era un pretexto para salir y desahogarme. Había estado todo el día en casa y Eva no había tenido la mejor cara, algo le pasaba. Pretexto para salir y para usar la panera una segunda vez. Mis tontas ganas de estrenar, como niño con juguete nuevo, y en realidad soy sólo un tipo con un sueldo regular, cuyos juguetes son ahora cosas para la casa, la oficina, y aplicaciones para el móvil. Así, algo triste en palabras pero en realidad la clase de tipo que disfruta de los pequeños placeres de la vida, como prepararse dos rebanadas de pan (sacado de la panera nueva) con mantequilla y mermelada.

Mantequilla y mermelada, así es como a mí me gusta. Y todavía no logro evitar acordarme que a Roberto le gustaba con mantequilla de maní. Integral, mermelada, y mantequilla de maní, pero eso ya no es algo que importe. Mi presente es este presente, uno de pan blanco, del importado, y con una panera nueva.

En el transe de mis desvaríos y cuentas decidí enviarle un mensaje a Eva para avisar que ya iba a casa y darle una sorpresa.

Mientras yo perdía tiempo en el súper y Roberto terminó de hacer de mi casa otra casa, Eva llegó a la puerta de Bertha y, después de una pequeña súplica que ella sintió como arrodillarse, Bertha le dió el chocolate paquistaní que siempre le tenía guardado. Cerró la puerta y Eva se fue. Bertha yendo hacia la cama marcó al móvil de Roberto para ver si había alcanzado abierta la tintorería, éste le ha dicho que solamente tenían listos sus trajes, que su vestido y las dos blusas estarían hasta mañana, un error de la encargada. Le mandó un beso y le dijo que estaba abajo al tiempo que deja unos guantes de piel en el contenedor de basura. Abre el portón, y al ir subiendo las escaleras se topó con una chica guapa de pelo corto y pintas de calle que no le iban ni a su físico ni a su manera de bajar las escaleras. Si hubiera sabido quién era no la hubiera saludado, pero en cambio eso ha hecho y ella respondió al tipo de los trajes con una sonrisa incómoda pero educada. Era Eva, quien a tres pasos de salir del portal, justo antes de que la forja tronara sobre sus huellas, recibía mi mensaje que decía: cariño, he comprado el pan y ya voy a casa, pero he pensado en darte una sorpresa así es que te invito a cenar. Saca una de mis camisas nuevas y tú alístate y ponte más guapa. Te veo ahora.

Pero sorpresa fue la que me he llevado yo al llegar a casa y verla con la puerta abierta, oliendo a un extraño vacío y saber que la última persona que había salido de la casa no había sido ella.