Amanecer.*

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Había una bolsa desde hacía dos días de la comida rápida que se pidió, papeles con mocos, bastoncillos para los oídos usados, un montón de pelusa alrededor del bote de basura, empaques de pilas vacíos, y un silencio en torno a todo esto que solamente podía existir ese día aunque el sol y cierto ruido de calle entraran.

Y el sol, otro punto que no ayudaba. En otras mañanas, en otros lados, recibir la luz era agradable, pero ese día no. Lo sofocante de la pelusa en un cuarto cerrado daba grititos callados por toda la habitación, se emocionaba y abarcaba todo recoveco como si fuera un festín y ella fuera la anfitriona tratando de estar en todos lados. El aire no había entrado pero sí el calor, y eso lo hacía todo aún peor. Olores de piel muerta en las sábanas y los muebles eran casi perceptibles, al menos el cúmulo de polvo se hacía presente y el cerebro le otorgaba una etiqueta, un olor, una forma de identificarle aunque sea por un día.

Las sábanas se sentían lisas pero de uso, el color amarillo no era el original, era el adoptado, y el tono de las paredes en la parte que convivía con el suelo era ya de tonos más apagados, casi grises. El ambiente no podía ser más agobiante para el alérgico, más estresante para un ama de casa, o más idóneo para un trabajador de bajo sueldo que se las da de tener poco tiempo para las mínimas medidas de limpieza en una casa (o habitación), pero aún así, no del todo insoportable era para una mujer que acaba de conocer a un tipo “X” en la barra de un bar y decide pasar la noche con él.

Cuando Marta abrió los ojos ya sabía cómo sería el panorama gracias a los olores y el ruido sordo que insistía en entrar por la ventana. Se arrepintió tanto de no haberse llevado al chico a casa, de no haberse ido mejor con sus amigas ya avanzada la noche, pero no de haber estado desnuda dentro de esas sábanas, aunque sí de no haber tirado los condones que habían usado al cesto y seguían en el suelo como niños de fiesta a los 18 años. Pensaba que no había sido la mejor idea tomarse esas ginebras muy bien servidas después del Malibú con el que había empezado. Se arrepintió casi de todo menos de la cara que tenía aun dormida a su lado. Aunque ha salido de puntitas y se ha despedido sólo con un beso y una notita en el buró, algo la llevó a pensar; “si esto pudiera funcionar, sería simplemente un mal hábito que puede cambiar. Que tal vez yo puediera cambiar”.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Ácaros.

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