Archive for julio, 2011

24 julio, 2011

Escarbando en los reflejos.

Volver atrás, imposible. Ir adelante, inesperado.

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En algún momento pensamos que la vida va a detenerse de forma pacífica, como cuando le das una calada a un cigarro o inicia un suspiro, creemos que no va a detenerse abruptamente como en un paro cardíaco o como con la muerte, simplemente va a a tener una pausa, sólo un momento, para ponernos un espejo enfrente y decirnos “aquí estoy, ésta soy yo, la vida que te toca, deja de buscar.” Y luego nos damos cuenta de que no es así. Esto no va a parar.

Cuántas veces hemos estado en situaciones en las que hemos querido que la vida se detenga, que ése abrazo dure siempre, que nunca nos levantemos de esa comida familiar en la que todos a nuestro alrededor sonríen, que ese amanecer de color cálido y temperaturas fuertes dentro de las sábanas no se pase jamás porque estamos con quien queremos, o simplemente que el cheque de la quincena pudiera gastarse sin que se acabara, pero no es así. Todo pasa. Y, aunque no lo veamos, siempre hay más.

La vida tiene siempre el espejo para que la veamos aunque no siempre de frente. Es el escaparate de la tienda llena de candiles, está en el vestidor en la tienda de ropa, es el lavabo lleno de agua que nos ve la cara todos los días, está en el reflejo de ese piso brilloso en aquel restaurante barato que a veces visitamos. Siempre está ahí, siempre presente, siempre, para que seamos nosotros quienes nos detengamos un momento y la apreciemos, le sonriamos, le agradezcamos. Pero casi siempre la dejamos pasar.

Esperamos algo más, añoramos algo pasado, pensamos en lo que vendrá. Vamos de un lado a otro, de una salida a otra, de calles a edificios, y de la habitación al baño y viceversa. No limpiamos las ventanas, no pulimos los suelos, ignoramos con la prisa la depresión, los pendientes y muchos otros inventos que, donde quiera que estemos y como sea que estemos, aquí está, de frente para verla cuando queramos. Por abajo, por arriba, de un lado, o incluso atrás cuando le dedicamos un rato. Aquí está la vida diciéndonos de un millón de formas “aquí estoy. Ésta soy yo. Disfrútame. Deja de buscar.” Y, aún así, seguimos urgando.

 

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15 julio, 2011

Amor mío.

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¿De cuántas locuras te arrepientes? ¿Crees que son más las locuras que nos hacen sonreír en lugar de arrepentirnos? Yo digo que sí.

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Te veo y me parece increíble. Hoy te quedas conmigo. Hoy te quiero aquí y ahora aunque parezca que estás allá y decidas volar mañana. Las oportunidades pasadas son cosas del ayer, las nuevas a las que me abrazo y los logros a los que me aferro son de hoy, de hoy para adelante y, posiblemente, con la vida de mi lado, para siempre.

Porque aunque suene a paranoia, sé que es ahora o nunca, y nunca no está en las palabras que habitan mi mente en estos momentos.

Por eso voy a realizar esta locura, y en ella necesitamos todo dar. Te invito a quedarte, a no partir, a seguir aquí conmigo, a cambiarle el curso a la vida nada más porque sí, porque quieres, porque quiero, porque te quieres quedar aquí aunque tuvieras otros proyectos, porque es mejor quedarnos aquí aunque hasta ayer hubiera más planes.

Amanece conmigo. Amanece aquí. Bajo esta luz, entre estas sábanas, amanece con mis ojos viéndote, o con mis yemas acariciando tu cara. Aprenderé a hacerte el café aunque yo no lo acostumbre. De desayuno, a mí me basta una mirada tuya y la sonrisa que seguro tienes en las mañanas con una rebanada de pan integral. Prometo recibirte al llegar del trabajo con un beso, o igual dártelo yo cuando regrese apenas al entrar. Ya de lo demás Dios dirá. Si quieres tu espacio te doy todo el mío, pero mientras tanto vamos a tratar.

Ojalá escucharas mis pensamientos. Con tan poco tiempo para convencerte, sólo espero a que abras los ojos para decirte todo lo que quiero y hacerte ver todo lo que puedo dar.

Llevo aquí minutos viéndote desde los pies de la cama. No paro de sonreír aunque tú aún no has abierto los ojos. La luz entra detrás mío por la ventana y te ilumina sólo a ti. Me tienes a tus pies como me tiene la cama. Quiero que veas cómo, de la nada, tus palabras serán mis dogmas y tus deseos mi más grande afán.

Si tan sólo despertaras ya.

Quiero que fijes tus ojos en mí. Y si me dices que sí, suelto esas cuerdas que te tienen atada de pies y muñecas a la cama. Te dejo ir. Mira que tampoco me gusta tanto verte así. Podrás salir del cuarto, incluso hasta de la casa, eso y más en cuanto decidas que te vas a quedar.

Anda, dime que sí.

 

11 julio, 2011

Amanecer.*

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Había una bolsa desde hacía dos días de la comida rápida que se pidió, papeles con mocos, bastoncillos para los oídos usados, un montón de pelusa alrededor del bote de basura, empaques de pilas vacíos, y un silencio en torno a todo esto que solamente podía existir ese día aunque el sol y cierto ruido de calle entraran.

Y el sol, otro punto que no ayudaba. En otras mañanas, en otros lados, recibir la luz era agradable, pero ese día no. Lo sofocante de la pelusa en un cuarto cerrado daba grititos callados por toda la habitación, se emocionaba y abarcaba todo recoveco como si fuera un festín y ella fuera la anfitriona tratando de estar en todos lados. El aire no había entrado pero sí el calor, y eso lo hacía todo aún peor. Olores de piel muerta en las sábanas y los muebles eran casi perceptibles, al menos el cúmulo de polvo se hacía presente y el cerebro le otorgaba una etiqueta, un olor, una forma de identificarle aunque sea por un día.

Las sábanas se sentían lisas pero de uso, el color amarillo no era el original, era el adoptado, y el tono de las paredes en la parte que convivía con el suelo era ya de tonos más apagados, casi grises. El ambiente no podía ser más agobiante para el alérgico, más estresante para un ama de casa, o más idóneo para un trabajador de bajo sueldo que se las da de tener poco tiempo para las mínimas medidas de limpieza en una casa (o habitación), pero aún así, no del todo insoportable era para una mujer que acaba de conocer a un tipo “X” en la barra de un bar y decide pasar la noche con él.

Cuando Marta abrió los ojos ya sabía cómo sería el panorama gracias a los olores y el ruido sordo que insistía en entrar por la ventana. Se arrepintió tanto de no haberse llevado al chico a casa, de no haberse ido mejor con sus amigas ya avanzada la noche, pero no de haber estado desnuda dentro de esas sábanas, aunque sí de no haber tirado los condones que habían usado al cesto y seguían en el suelo como niños de fiesta a los 18 años. Pensaba que no había sido la mejor idea tomarse esas ginebras muy bien servidas después del Malibú con el que había empezado. Se arrepintió casi de todo menos de la cara que tenía aun dormida a su lado. Aunque ha salido de puntitas y se ha despedido sólo con un beso y una notita en el buró, algo la llevó a pensar; “si esto pudiera funcionar, sería simplemente un mal hábito que puede cambiar. Que tal vez yo puediera cambiar”.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Ácaros.