La cocina.*

_

Desperté. Y sigo aquí. Había olvidado hasta dónde llegaba mi insensatez.

Acabo de darme cuenta que aún tengo los calcetines puestos. Mi locura ha llegado a un límite; dormir aquí, sobre el suelo, bajo la mesilla del centro, con mi almohada y el pantalón del pijama con una camisa de día (el día, que no llegue el día).  Si acaso llegara la mañana y me encontrara despierto, poco me importaría si fuera parte de un sueño. Eso sería un milagro, un acierto, una verdadera bendición.

Pero no es así. Aquí para anhelos no está ni el refrigerador. Ya no se ilusiona cuando voy a hacia él, sabe que no sacaré nada y que todo seguirá como antes; la puerta abriéndose y cerrándose por pura inercia y no por necesidad de algo de comer.

Estoy más cansado que despierto. Sigo despierto físicamente, con los ojos más que abiertos, pero con la mirada fuera de mí. La luz del día aún no llega; la noche todavía entra a gritos por la ventana aclamada por la luz de la cocina y los recovecos bajo los muebles que sólo a estas horas se iluminan. Son las cuatro y treinta de la mañana.

La sangre ha comenzado a fluir con un increíble sosiego, puedo sentir mi corazón y hasta oírlo por el silencio tan pesado que llega a mis oídos. Mis pensamientos se vuelven lentos, revueltos. Su mezcla hace pensar que van con agilidad pero no es eso. Simplemente son mil imágenes en mi cabeza y una canción de rock (de la cual sólo conozco el coro), mientras yo únicamente puedo pensar en una cosa: dormir.

Dormir, y dormir mucho. No dormir por diez minutos completos. Igual lo apreciaría, pero como a un tanque de oxígeno para mí solo dentro de un ataúd tres metros bajo tierra. Un respiro, claro, pero no un alivio total.

Cuando la gente habla de lo peor no sabe ni de lo que habla. Ni morir de hambre, asfixia, o sed debe compararse a morir por no dormir. Con las demás opciones se va perdiendo poco a poco el conocimiento, pero sin dormir se puede respirar, vaciar la despensa a mordidas, tomar agua, pero se está consciente todo el tiempo. El verdadero infierno es la vigilia por algo que nunca llega. Es como si el cuerpo sudara y se calentara a mil grados esperando a que una sola gota de agua le refrescara e hidratara de nuevo.

Mi cuarto en mi mente es como un reino lejano. Allá gobierna la tranquilidad, dos mesitas con lámparas de noche y unas sábanas revueltas y tersas que esperan a un ser con una mente en blanco, no un ente con la mente revuelta, cansancio hasta en el aire, y un par de ojeras que le siguen como putas.

Siento que estoy en el pasillo de un hospital. Por más cansado que se está, ahí tampoco se puede dormir (ni muriendo de ganas). Hay que estar al pendiente, al asecho de noticias, de resultados. Y así estoy yo, pero no tengo ni la más remota idea de lo que espero, de lo que me agobia, de lo que separa mis párpados cada vez que se van a juntar. Le tengo un pánico horrible al despertar, si es que en algún momento vuelvo a vivir el despertar, y si el despertar no regresara ya no sé si sería un problema, al menos sería descansar.

Y es que hace días que no concilio el sueño. Qué digo días, una semana y seis días. De testigos presenciales tengo a mis ojeras y los kilos de más que se han ido. Como último recurso, pueden preguntarle al refrigerador, al horno, o al escurridor, incluso a la puerta de entrada a la casa que me ve ir y venir con la misma cara.

Yo ya no puedo más.

_

* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Insomnio.

Inspirado en la fotografía “Insomnia” de Gregory Crewdson.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: