Tres días antes del día más largo del año.

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Tienes un color precioso –dijo (y, a decir verdad, “precioso” suena mucho mejor con acento ibérico).

Sonreí. Y dejó la parte baja de mi cuerpo sobre ese cobertor de tono cobre y amarillo que se sentía como satín al tacto (por lo viejo, no por el material), como aquellas fundas de la abuela, y continuó besándome las piernas, la entrepierna, haciéndome cerrar los ojos y al mismo tiempo querer abrirlos para no perderme nada.

Descubrimiento: al erotismo que todos tenemos en mente lo supera la realidad encargada de enseñarlo. Aún la imaginación más codiciosa no logra plasmar todo lo que nos envuelve en esos momentos. Ni con los ojos completamente abiertos podemos embeberlo.

Tenía una piel suave que mis yemas y labios agradecían, un pelo fácil de coger y despeinar sin caprichos, unos pezones de delicado color, y una figura en el derrière que al verle sólo nace el deseo de ponerle las manos encima, estrujarle, acariciarle, e investigar qué hay más allá; caderas perfectas, y un pubis con ganas de más.

Confesión: Estuve en su cara y estuvo en la mía. También le veía a la cara, y a mí siempre me veía.

De espaldas al techo, de espaldas a la cama, de lado, a cuatro patas, dando vueltas. Arriba. Abajo. Mi cabeza en su cuello, su cabeza en el mío, y su boca que emanaba saliva por doquier; la oía, la sentía, la disfrutaba y, en besos apasionados (como los de cualquier pareja que se ama), la saboreaba incluso cuando empezaba a secarse alrededor de mi boca o en la parte alta de mi pecho.

Aclaración: No estábamos enamorados. Nos habíamos visto hacía un momento. Y a juzgar por lo vivido, ese algodón del cobertor (convertido en satín impío) para hallarse en ese estado tiene una muy buena razón.

¡Qué bonitas piernas! –había dicho desde el principio. Y los elogios fueron desde la ropa interior hasta el color de los vellos. Entre besos, fuerza, un poco de piernas y mucho de manos, todo alcanzó tal calidez que la tarde ámbar entrando por el balcón parecía fría, una luz muda ante los latidos del corazón. Estábamos ahí para dejarnos llevar. Le besé, le quise, le tuve, y de todo me apoderé. De igual forma me besó, me quiso, me hubo, y de mí todo se apropió. Las campanas de la iglesia al otro lado de la calle eran anuncio de que no había ojos hacia nosotros, que lo desfogáramos todo. Seguro había gente entrando a la iglesia, pero esto era un portal a otra dimensión.

Nota: No fue en absoluto nada guarro. Fue algo de lo más hermoso. Fue precioso con acento ibérico. Por eso le corresponde un relato.

Desde las paredes del salón y lo sobrecogedor de los cuadros, hasta la falta de adornos en la habitación de al lado, todo en silencio parecía callar lo que guardan las paredes en las tardes de verano, y dejaban hablar a sus manos diciendo tanto, su boca describiendo todo por todos lados, mis manos queriendo abarcar nuevas proporciones, y mis dientes queriendo, a veces, hundirse más.

Al final hacía calor. Más calor que en días pasados. Mi cabeza sobre su brazo, una pierna suya entre las mías, y yo sobre mi costado. Si ahora le veía, veía un perfil y una mejilla.

Y ahí empezó la charla; que si la vida en Londres o la vida en Normandía, México en el DF, el pacífico de La Paz, que si Alcorcón, el diseño gráfico, la soledad y el saber estar. Cuántas veces mi persona aquí, y cuántas veces la suya allá. Y hablamos de todo (o casi todo). Al menos de lo que se puede hablar en la cama removida de una recámara usurpada.

Recordaba momentos así pero qué delicia es volver a vivir. Dos cuerpos sin ropa de cara al techo del lugar, sobre una cama, transpirados sin incomodarse, sudando después de haberse hecho sudar, fluidos de cuerpo sobre el cuerpo a punto de secar, y hablar por conocer, por disfrutar, y sentir una caricia en el hombro mientras ya no hay más en qué pensar.

Un detalle (bueno, dos): Tenía una piernas más bonitas. Muy bonitas en verdad. Un cuerpo lindo, muy lindo, y ojos de los que se saben hablar. No recuerdo si tenía alguna marca en especial, pero recuerdo todo lo que teníamos por dar.

Fue un día largo. No fue tan largo como hoy, pero la noche ya tomaba también su tiempo para llegar.

 

 

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