Gabo. El de la prepa. ¿Te acuerdas?*

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Yo no era así. Así me hicieron. La gente con su nueva actitud, un montón de nuevas anécdotas, y mi nueva sonrisa. Ellas fueron. Cuando tenía doce kilos de más tenía el mejor carácter del mundo, odiaba los domingos como la mayoría de las personas, y estaba rodeado de amigos y amigas de calidad. Eran otros tiempos, era otro cinturón, y algunos dicen que era otro yo.

Hace aproximadamente año y medio desperté en la mañana y la vida seguía siendo igual; agradable, con luz en el día, televisión con canales americanos, y las típicas fachas de fin de semana (en fin de semana). Pero algo hubo en el sándwich insípido que engullía en el comedor que me abrió los ojos y me dirigí al gimnasio. Difícil es explicar cómo, del darme cuenta que no había usado mayonesa, mi mente voló en pensamientos hasta encontrarme entre aparatos y gente corriendo “por su salud”, pero así fue.

Hace ya dieciocho meses. Más o menos. Mucho tiempo si estás viendo el techo, pero un parpadeo cuando la rutina es ejercicio, mucho ejercicio, cuidar lo que comes, ir de compras, preocuparte por cómo te ves, hidratar tu piel, un buen corte de pelo, y enterarte de lo último en arte, tecnología, y de cuál es el nuevo estilo de lentes que se usan hoy en día. Todo eso, y el trabajo, hacen que vuele el tiempo.

Súbitamente, así como mis kilos de más se fueron, llegaron las miradas de la gente, los piropos, las miradas de mujeres y también de hombres diciendo cosas que jamás había oído ni visto hacia mí. Y desataron un monstruo.

Sería una calumnia decir que pasó mucho tiempo desde que me cayó todo por sorpresa hasta que llegué a acostumbrarme. Fueron semanas aunque sienta que fue menos. Pero en cuanto el espejo me vio diferente fue lo mejor; primero fueron chicas (no amigas) bailando conmigo, tomando conmigo, riendo conmigo. Después fueron los besos, el dejar de bailar y empezar a acariciar. Luego fue aquel tipo, el de aquel cumple en la sala VIP en el Sound, y luego un beso, después otro. Una vez fue alguien que me habían presentado una tarde, o dos tardes. Otras fueron en la mañana, y así como pasaban los días, las personas también. The walk of shame seguía teniendo ese sabor pero ahora con un poco de the walk of pride.

Una vez, incluso, hasta destruí un hogar. Así me gusta contarlo. En realidad sólo era una pareja que llevaba 8 años. Ni siquiera vivían juntos, pero me gusta darme el rol del malo en la historia, el que jugó y ganó, aunque nadie se haya quedado con nadie en aquel tiempo. Mera diversión. Me siento con ganas de contarla siempre porque se siente como gritar que yo también puedo, que doce kilos después yo también quiero y puedo. Y es completamente liberador, me tachen o no de ser de lo peor, o de dejar a mi antiguo yo en un pasado borrado por error, o por camisas que dibujan más mi cuerpo y que muestran a cualquiera un “yo soy igual o hasta más caro que tú”.

Me comporto como piruja, como si fuera un manwhore. Pero no lo soy. Hay quienes dicen “putas las pobres, yo divertida”, y dicen bien. Yo me divierto, y así alimento a mi ególatra interior, pero no alimento hijos ni me compro cosas con los resultados, sólo disfruto, y salgo de mi casa con el pecho ancho y sinvergüenza, como abogado triunfante, novia de blanco, o capitán de algún equipo ganador (de mi juego, el ganador).

Ganador excepto hoy. Hoy salgo diferente. Hoy salgo de casa como aquel hombre doce kilos más pesado, con sangre más ligera, y con menos seguridad en mis hombros. Tengo mis lentes obscuros puestos y sin ganas de que me vean. Siento que traigo un letrero en la cabeza, un foco de atención, un enano gritando detrás que llama la atención. Quien me vea que interprete el sentimiento. Y es que hoy encontré, en mi ahora firme cuerpo, una estría del ancho de un lápiz que sube del hueso de mi cadera hacia mis costillas. Una catástrofe en mi mente hoy en día, como lo que antes era no tener canales americanos o, peor aún, que estuvieran doblados o que no hubiera plan el sábado. El nuevo ser en mí irá al dermatólogo, al médico, o al brujo si es posible a quitarse esto que se siente como si la tuviera en la cara, como si tuviera otra vez los kilos de más. Hoy traigo los lentes de siempre pero no traigo mi ego, él se ha quedado atónito ante el espejo y se ha negado a salir. Me envió a buscarle una solución a esto o esta vida que ya sentía tan real se va. Y a eso no pienso regresar jamás.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Ego.

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