Archive for junio, 2011

29 junio, 2011

Tratado de verdad en luna menguante.

No voy a forzar palabras. Hoy no tengo a quien hablar y mi conciencia hace más ruido que cualquier grito por dar. Me hubiera encantado, no lo voy a negar, pero simplemente ha habido cosas que jamás se iban a dar; ni ese plan, ni ese amor, ninguno de aquellos deseos, ni de aquellos labios el grosor. Pero soy feliz. Soy yo.

Despierto, como, hago, deshago y me duermo. Y así, conmigo, soy yo. Y me gusta mi compañía al igual que las tardes calientes, las noches frías, la lámpara de mesa que se niega a servir, y las desveladas por Gran Vía. Porque así es. Así me gusta la vida, y la haya hecho yo o me haya hecho ella a mí, hoy no voy a forzar palabras para decir que así me gusta vivir (y si pudiera, lo haría para siempre).

27 junio, 2011

La cocina.*

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Desperté. Y sigo aquí. Había olvidado hasta dónde llegaba mi insensatez.

Acabo de darme cuenta que aún tengo los calcetines puestos. Mi locura ha llegado a un límite; dormir aquí, sobre el suelo, bajo la mesilla del centro, con mi almohada y el pantalón del pijama con una camisa de día (el día, que no llegue el día).  Si acaso llegara la mañana y me encontrara despierto, poco me importaría si fuera parte de un sueño. Eso sería un milagro, un acierto, una verdadera bendición.

Pero no es así. Aquí para anhelos no está ni el refrigerador. Ya no se ilusiona cuando voy a hacia él, sabe que no sacaré nada y que todo seguirá como antes; la puerta abriéndose y cerrándose por pura inercia y no por necesidad de algo de comer.

Estoy más cansado que despierto. Sigo despierto físicamente, con los ojos más que abiertos, pero con la mirada fuera de mí. La luz del día aún no llega; la noche todavía entra a gritos por la ventana aclamada por la luz de la cocina y los recovecos bajo los muebles que sólo a estas horas se iluminan. Son las cuatro y treinta de la mañana.

La sangre ha comenzado a fluir con un increíble sosiego, puedo sentir mi corazón y hasta oírlo por el silencio tan pesado que llega a mis oídos. Mis pensamientos se vuelven lentos, revueltos. Su mezcla hace pensar que van con agilidad pero no es eso. Simplemente son mil imágenes en mi cabeza y una canción de rock (de la cual sólo conozco el coro), mientras yo únicamente puedo pensar en una cosa: dormir.

Dormir, y dormir mucho. No dormir por diez minutos completos. Igual lo apreciaría, pero como a un tanque de oxígeno para mí solo dentro de un ataúd tres metros bajo tierra. Un respiro, claro, pero no un alivio total.

Cuando la gente habla de lo peor no sabe ni de lo que habla. Ni morir de hambre, asfixia, o sed debe compararse a morir por no dormir. Con las demás opciones se va perdiendo poco a poco el conocimiento, pero sin dormir se puede respirar, vaciar la despensa a mordidas, tomar agua, pero se está consciente todo el tiempo. El verdadero infierno es la vigilia por algo que nunca llega. Es como si el cuerpo sudara y se calentara a mil grados esperando a que una sola gota de agua le refrescara e hidratara de nuevo.

Mi cuarto en mi mente es como un reino lejano. Allá gobierna la tranquilidad, dos mesitas con lámparas de noche y unas sábanas revueltas y tersas que esperan a un ser con una mente en blanco, no un ente con la mente revuelta, cansancio hasta en el aire, y un par de ojeras que le siguen como putas.

Siento que estoy en el pasillo de un hospital. Por más cansado que se está, ahí tampoco se puede dormir (ni muriendo de ganas). Hay que estar al pendiente, al asecho de noticias, de resultados. Y así estoy yo, pero no tengo ni la más remota idea de lo que espero, de lo que me agobia, de lo que separa mis párpados cada vez que se van a juntar. Le tengo un pánico horrible al despertar, si es que en algún momento vuelvo a vivir el despertar, y si el despertar no regresara ya no sé si sería un problema, al menos sería descansar.

Y es que hace días que no concilio el sueño. Qué digo días, una semana y seis días. De testigos presenciales tengo a mis ojeras y los kilos de más que se han ido. Como último recurso, pueden preguntarle al refrigerador, al horno, o al escurridor, incluso a la puerta de entrada a la casa que me ve ir y venir con la misma cara.

Yo ya no puedo más.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Insomnio.

Inspirado en la fotografía “Insomnia” de Gregory Crewdson.

21 junio, 2011

Tres días antes del día más largo del año.

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Tienes un color precioso –dijo (y, a decir verdad, “precioso” suena mucho mejor con acento ibérico).

Sonreí. Y dejó la parte baja de mi cuerpo sobre ese cobertor de tono cobre y amarillo que se sentía como satín al tacto (por lo viejo, no por el material), como aquellas fundas de la abuela, y continuó besándome las piernas, la entrepierna, haciéndome cerrar los ojos y al mismo tiempo querer abrirlos para no perderme nada.

Descubrimiento: al erotismo que todos tenemos en mente lo supera la realidad encargada de enseñarlo. Aún la imaginación más codiciosa no logra plasmar todo lo que nos envuelve en esos momentos. Ni con los ojos completamente abiertos podemos embeberlo.

Tenía una piel suave que mis yemas y labios agradecían, un pelo fácil de coger y despeinar sin caprichos, unos pezones de delicado color, y una figura en el derrière que al verle sólo nace el deseo de ponerle las manos encima, estrujarle, acariciarle, e investigar qué hay más allá; caderas perfectas, y un pubis con ganas de más.

Confesión: Estuve en su cara y estuvo en la mía. También le veía a la cara, y a mí siempre me veía.

De espaldas al techo, de espaldas a la cama, de lado, a cuatro patas, dando vueltas. Arriba. Abajo. Mi cabeza en su cuello, su cabeza en el mío, y su boca que emanaba saliva por doquier; la oía, la sentía, la disfrutaba y, en besos apasionados (como los de cualquier pareja que se ama), la saboreaba incluso cuando empezaba a secarse alrededor de mi boca o en la parte alta de mi pecho.

Aclaración: No estábamos enamorados. Nos habíamos visto hacía un momento. Y a juzgar por lo vivido, ese algodón del cobertor (convertido en satín impío) para hallarse en ese estado tiene una muy buena razón.

¡Qué bonitas piernas! –había dicho desde el principio. Y los elogios fueron desde la ropa interior hasta el color de los vellos. Entre besos, fuerza, un poco de piernas y mucho de manos, todo alcanzó tal calidez que la tarde ámbar entrando por el balcón parecía fría, una luz muda ante los latidos del corazón. Estábamos ahí para dejarnos llevar. Le besé, le quise, le tuve, y de todo me apoderé. De igual forma me besó, me quiso, me hubo, y de mí todo se apropió. Las campanas de la iglesia al otro lado de la calle eran anuncio de que no había ojos hacia nosotros, que lo desfogáramos todo. Seguro había gente entrando a la iglesia, pero esto era un portal a otra dimensión.

Nota: No fue en absoluto nada guarro. Fue algo de lo más hermoso. Fue precioso con acento ibérico. Por eso le corresponde un relato.

Desde las paredes del salón y lo sobrecogedor de los cuadros, hasta la falta de adornos en la habitación de al lado, todo en silencio parecía callar lo que guardan las paredes en las tardes de verano, y dejaban hablar a sus manos diciendo tanto, su boca describiendo todo por todos lados, mis manos queriendo abarcar nuevas proporciones, y mis dientes queriendo, a veces, hundirse más.

Al final hacía calor. Más calor que en días pasados. Mi cabeza sobre su brazo, una pierna suya entre las mías, y yo sobre mi costado. Si ahora le veía, veía un perfil y una mejilla.

Y ahí empezó la charla; que si la vida en Londres o la vida en Normandía, México en el DF, el pacífico de La Paz, que si Alcorcón, el diseño gráfico, la soledad y el saber estar. Cuántas veces mi persona aquí, y cuántas veces la suya allá. Y hablamos de todo (o casi todo). Al menos de lo que se puede hablar en la cama removida de una recámara usurpada.

Recordaba momentos así pero qué delicia es volver a vivir. Dos cuerpos sin ropa de cara al techo del lugar, sobre una cama, transpirados sin incomodarse, sudando después de haberse hecho sudar, fluidos de cuerpo sobre el cuerpo a punto de secar, y hablar por conocer, por disfrutar, y sentir una caricia en el hombro mientras ya no hay más en qué pensar.

Un detalle (bueno, dos): Tenía una piernas más bonitas. Muy bonitas en verdad. Un cuerpo lindo, muy lindo, y ojos de los que se saben hablar. No recuerdo si tenía alguna marca en especial, pero recuerdo todo lo que teníamos por dar.

Fue un día largo. No fue tan largo como hoy, pero la noche ya tomaba también su tiempo para llegar.

 

 

20 junio, 2011

Gabo. El de la prepa. ¿Te acuerdas?*

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Yo no era así. Así me hicieron. La gente con su nueva actitud, un montón de nuevas anécdotas, y mi nueva sonrisa. Ellas fueron. Cuando tenía doce kilos de más tenía el mejor carácter del mundo, odiaba los domingos como la mayoría de las personas, y estaba rodeado de amigos y amigas de calidad. Eran otros tiempos, era otro cinturón, y algunos dicen que era otro yo.

Hace aproximadamente año y medio desperté en la mañana y la vida seguía siendo igual; agradable, con luz en el día, televisión con canales americanos, y las típicas fachas de fin de semana (en fin de semana). Pero algo hubo en el sándwich insípido que engullía en el comedor que me abrió los ojos y me dirigí al gimnasio. Difícil es explicar cómo, del darme cuenta que no había usado mayonesa, mi mente voló en pensamientos hasta encontrarme entre aparatos y gente corriendo “por su salud”, pero así fue.

Hace ya dieciocho meses. Más o menos. Mucho tiempo si estás viendo el techo, pero un parpadeo cuando la rutina es ejercicio, mucho ejercicio, cuidar lo que comes, ir de compras, preocuparte por cómo te ves, hidratar tu piel, un buen corte de pelo, y enterarte de lo último en arte, tecnología, y de cuál es el nuevo estilo de lentes que se usan hoy en día. Todo eso, y el trabajo, hacen que vuele el tiempo.

Súbitamente, así como mis kilos de más se fueron, llegaron las miradas de la gente, los piropos, las miradas de mujeres y también de hombres diciendo cosas que jamás había oído ni visto hacia mí. Y desataron un monstruo.

Sería una calumnia decir que pasó mucho tiempo desde que me cayó todo por sorpresa hasta que llegué a acostumbrarme. Fueron semanas aunque sienta que fue menos. Pero en cuanto el espejo me vio diferente fue lo mejor; primero fueron chicas (no amigas) bailando conmigo, tomando conmigo, riendo conmigo. Después fueron los besos, el dejar de bailar y empezar a acariciar. Luego fue aquel tipo, el de aquel cumple en la sala VIP en el Sound, y luego un beso, después otro. Una vez fue alguien que me habían presentado una tarde, o dos tardes. Otras fueron en la mañana, y así como pasaban los días, las personas también. The walk of shame seguía teniendo ese sabor pero ahora con un poco de the walk of pride.

Una vez, incluso, hasta destruí un hogar. Así me gusta contarlo. En realidad sólo era una pareja que llevaba 8 años. Ni siquiera vivían juntos, pero me gusta darme el rol del malo en la historia, el que jugó y ganó, aunque nadie se haya quedado con nadie en aquel tiempo. Mera diversión. Me siento con ganas de contarla siempre porque se siente como gritar que yo también puedo, que doce kilos después yo también quiero y puedo. Y es completamente liberador, me tachen o no de ser de lo peor, o de dejar a mi antiguo yo en un pasado borrado por error, o por camisas que dibujan más mi cuerpo y que muestran a cualquiera un “yo soy igual o hasta más caro que tú”.

Me comporto como piruja, como si fuera un manwhore. Pero no lo soy. Hay quienes dicen “putas las pobres, yo divertida”, y dicen bien. Yo me divierto, y así alimento a mi ególatra interior, pero no alimento hijos ni me compro cosas con los resultados, sólo disfruto, y salgo de mi casa con el pecho ancho y sinvergüenza, como abogado triunfante, novia de blanco, o capitán de algún equipo ganador (de mi juego, el ganador).

Ganador excepto hoy. Hoy salgo diferente. Hoy salgo de casa como aquel hombre doce kilos más pesado, con sangre más ligera, y con menos seguridad en mis hombros. Tengo mis lentes obscuros puestos y sin ganas de que me vean. Siento que traigo un letrero en la cabeza, un foco de atención, un enano gritando detrás que llama la atención. Quien me vea que interprete el sentimiento. Y es que hoy encontré, en mi ahora firme cuerpo, una estría del ancho de un lápiz que sube del hueso de mi cadera hacia mis costillas. Una catástrofe en mi mente hoy en día, como lo que antes era no tener canales americanos o, peor aún, que estuvieran doblados o que no hubiera plan el sábado. El nuevo ser en mí irá al dermatólogo, al médico, o al brujo si es posible a quitarse esto que se siente como si la tuviera en la cara, como si tuviera otra vez los kilos de más. Hoy traigo los lentes de siempre pero no traigo mi ego, él se ha quedado atónito ante el espejo y se ha negado a salir. Me envió a buscarle una solución a esto o esta vida que ya sentía tan real se va. Y a eso no pienso regresar jamás.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Ego.

15 junio, 2011

El autor que no escribía de eso.*

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Anna escribió la fecha en la primera página de su nuevo libro (costumbre que heredó de su padre), y en un arranque de locura para una asidua lectora, decidió hojearlo y enterarse de lo que sus ojos leerían después con cordura y contexto. Curioso que las primeras palabras que leyó sentada en el bus que va de la plaza cerca de casa a la escuela fueran las que encontró:

>> Escribo la fecha y me parece lejana, como si estuviera en el pasado, contigo, y el día de hoy escrito sobre el papel fuera una historia de ciencia ficción, un futuro imposible de tocar, fácil a imaginar pero difícil de creer.

No podía ser lo primero en leer –pensó. Pero sólo tenía el prólogo para ir más atrás y la historia entera para después.

Incrédula, avanzó a la mitad del libro. Quería leer palabras sueltas para sentir que sus pensamientos podían al fin tener un rato de silencio. Llevaba días tratando de callar su infinito caos mental y la salida más fácil era perderse con este autor de historias largas, cuentos fríos, y que no escribía de amor (al menos no que ella supiera).

>> Creo que te quise. O tal vez no, no te quise. Creo que fuiste una fantasía. La enorme fantasía de que me dejaras quererte. Creo que a esta edad, y en esta época, me hubiera encantado no haber conocido gente, no haber conocido sabores, no haber tocado otras pieles, no haber sentido otras miradas con la simple recompensa de que el día que te vi, hubieras podido estar más tiempo conociéndome, haciéndome conocerte sin querer, haciéndote conocerme con todas mis ganas.

Cerró el libro de un golpe, escéptica pero usando el dedo de marcapágina. Era mejor ver hacia afuera aunque el sol lacerante le cerrara los ojos. Era mejor eso que leer una especie de revival de algo que nunca sucedió pero hubiera deseado con todas sus fuerzas oír. Una mezcla de sus lágrimas apretándose entre sus muelas y de sus poros dilatándose con el calor le invitó a seguir. Y siguió.

>> Cada detalle, cada mensaje, cada cosa efímera que hay entre los dos me sigue doliendo, porque nunca me atreví a decirte lo que quería, y cuando lo iba a hacer ya querías a alguien más que a nadie, ya querías a alguien con las ganas con las que unos ojos ven a alguien por primera vez como la primera vez en que los míos te veían. Entonces te juro que no estaba jugando, mis ojos querían que te quedaras conmigo, a mi lado, sin hacer nada siquiera, a un costado. Y acabé de lo peor, con un error, un error largo, y tú, tú convirtiéndote en algo cada vez más que lejano.

>>  Por su culpa, por mi culpa. Por mi culpa más, tal vez. Pero ¡cómo te pude querer! ¡Cómo te pude querer!

Ana se dio cuenta de que había dejado pasar dos paradas más de las que debía. Guardó el libro en la mochila con la certeza de querer comerse el libro de principio a fin al llegar a casa. Se bajó del bus tres paradas más tarde pero con la certeza de que no era la única que soñaba con alivios para el corazón. Pronto llegaría el suyo. El sol que le iluminaba la cara en la esquina antes de la escuela se lo había confirmado hacía un segundo.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Un libro.

9 junio, 2011

Vidas paralelas (o lelos).

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A veces me cruzo con los amores de mi vida y no pasa nada. Nos huimos. Es como si supiéramos que al vernos de frente o hacer contacto el juego terminaría. Y nos gusta jugar.

Ayer fue en la esquina de Raymundo Lulio y Santa Engracia, pero he doblado antes de encontrarnos, creo que le he sacado la vuelta. Recuerdo su pelo y estatura, pero yo no estaba preparado y tenía algo de prisa. El semáforo estaba en rojo pero aún así crucé la calle y di la vuelta en la esquina antes de topar con sus pisadas.

Hoy ha sido saliendo del vagón del metro. En el andén lleno de gente sus piernas fueron la señal. Estaba seguro. Íbamos casi juntos pero al terminar la escalera tuvimos que cruzar caminos, no íbamos para el mismo rumbo. No funcionó. Tampoco dolió; fue como un “ya te veré luego”, pero nada más.

Ahora mismo iba caminando por la calle y hemos ido en trayectos completamente perpendiculares pero totalmente a destiempo. Fue una locura. Sus vaqueros y suéter con coderas de piel eran la señal. Con ese atuendo nos veríamos, y yo con mi camiseta negra y los tennis viejos, pero a destiempo nada pasa. Y sólo le vi pasar.

Y hace como un mes era en el bar de las paredes amarillas. Su espalda ya olía a suceso inevitable, pero nuevamente nadie dio el paso. La verdad ni me inmuté, fue solamente asegurarme de que anda ahí, pero no tuve ganas de mover un pie. Mejor brindar. El olor a suceso fue falso como el de la piel con perfume. Horas a menos de tres metros de distancia y nada.

Así van los días. La vida viendo todo desde arriba, como en una maqueta, y nosotros jugando a no encontrarnos jamás. Quién sabe, tal vez aunque terminara el juego siempre íbamos a querer más.

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6 junio, 2011

Canículas atrás.*

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No eres tú –dijiste (y estoy seguro de que así era).

Era tu pelo, la novedad, los amaneceres azules en tu cuarto, y las tardes llenas de luz en el mío. Era tu lunar, tu piel, mi sonrisa cada vez que te veía, el correr como delincuentes, y los amigos que se divertían. Era todo eso. Pero no era yo. Estoy seguro. Al menos no era lo que había bajo mi piel.

Era tu ego creciendo alimentándose de mí, y el mío que se iba absorbiendo en cada uno de tus poros, desapareciendo. Era un libro escribiéndose que se quedó a la mitad, en la esquina de los recuerdos, bajo un montón de anécdotas y un cerro de piel muerta.

No eres tú –dijiste. La acción fue de tu boca, pero de ella ya no me acuerdo. En cambio recuerdo tu abrazo, tus extremidades que impedían mi huida, y tu corazón latiendo a gritos que ya no podía. No era yo, estoy seguro. Fueron las sábanas sucias en mi cama, el color chillante de las tuyas, fue esa nueva felicidad en ti y mi apetito por saborearla todo el día. Era, tal vez, mi insaciable hambre de ti y tus ya colmadas ganas de mí.

Fueron tus amigos y su hipocresía, fueron las lluvias de junio, las jacarandas, los desayunos, comidas, cenas, y tragos, todo junto. Fue el amor que había de más y el odio creciendo atrás, callado, sin vacilar. Era que yo te quería tanto, era que tú me querías más. Eran momentos de cambio; era tu pelo, tu ego, mi gastritis, el rencor, todo creciendo; mi amor por ti, y tú. Porque en realidad fuiste tú.

Porque “No eres tú” –dijiste. Y ahora sé que era verdad.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: No eres tú.