Una de cal.*

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El peor día, según mi memoria, recuerdo haber dejado mi bicicleta, la del asiento de piel morada, recargada en la pared del tapiz de flores rojas con motivos hippies-sánscritos que sólo mi abuela cuida como oro.

La bici estaba ahí porque sólo iba a entrar por los cien dólares (regalo atrasado de cumpleaños) que ella había dejado para mí en el plato antiguo que usa para las llaves sobre la cómoda de la entrada, justo abajo del espejo con el marco pesado.

Afuera llovía, así es que cuando aventé mi impermeable al perchero fue lo único de mi persona que casi rosa la otra preciada pared, mitad madera y mitad tapiz a rayas. Sobre ésta, nada puede recargarse jamás. Jamás.

Cogí los dos billetes que había olvidado por salir de prisa para ir a casa y disfrutar el paseo con lluvia en la calle. Una vez en mis manos y a punto de salir, cogí el impermeable, y fue cuando todo empezó a llamar mi atención; una sudadera desentonaba con la ropa formal que estaba colgada. No era mía y estaba en el suelo. Era una talla más grande, o al menos así parecía, y la única persona joven que visitaba a la abuela era yo. Los primos ni siquiera vivían aquí. Volví a girar el cuerpo como si acabara de llegar a la casa y fue cuando mi paseo, guiado por esa rareza, empezó.

Cuando mi abuela se queda sola, no hay sonido alguno en casa, pero a lo lejos oía su voz o algo muy parecido a ello, y la voz de otra persona que sonaba a nadie que yo conociera.

Seguí por todo el tapete que cubre la duela del corredor para no hacer ruido. Los ventanales de la sala dejaban entrar el eco sordo del pasto empapado en el jardín de atrás, y la mampara opaca que separa salón y recibidor dejaba entrar la luz de las lámparas gemelas que están a ambos lados del sofá más grande. Su luz temblaba. Quizás la lluvia –pensé. Pero conforme me iba acercando al origen del ruido más pistas dejadas había para mí; un par de huellas de lodo estaban casi al iniciar la alfombra, y mientras mis ojos se abrían más y mis oídos trataban de interpretar, pude oír cómo la voz de mi abuela era obstruida por algo, como si le taparan la boca, y la voz del dueño de la sudadera se oía baja, como si le hablara amenazante, somo si fuera a hacerle algo.

No voy a mentir, quise salir corriendo y pedir ayuda pero algo me mantuvo ahí. Dudé en darle la vuelta al salón y llegar por la cocina para encontrarme con un cuchillo o mínimo un sartén, pero mis ojos se quedaron fijos en los utensilios de forja para la chimenea que hay en la casa sin razón, mera colección de cosas viejas, útiles sólo ese día, como el platón de las llaves o el tapiz del corredor.

Entré e inmediatamente el arma que sostenía cayó hasta mis pies. La señora de la casa, con las medias de media pierna puestas y la falda subida, sucumbía a los encantos de un tipo no mucho mayor que yo con el trasero descubierto y con la ropa de un universitario en Domingo. La lluvia no era lo que hacía temblar la luz, nadie le estaba tapando la boca, y él no le iba a hacer nada, al menos nada para lo cual se necesitara un nieto con atizador en mano. El sonido de mi entrada fue tal que los dos me vieron y yo a ellos. Nadie se movió, sólo el fierro que cayó al suelo. Juro que mis pupilas se cerraron tanto que hasta mi iris se hizo más pequeño. Me vi las manos vacías, los volteé a ver, y salí más rápido que los rayos de afuera.

El impermeable lo cogí con una mano, y ya en la calle acabó en los manubrios de mi bicicleta. Estaba más preocupado en cambiar de ambiente y de momento que de mojarme con la lluvia que, para entonces, me estorbaba, me molestaba. Impulsivamente creo que quise hasta rezar, pero era algo más que me recordaba a mi abuela, así es que sacudí mi cabeza para quitarme el agua y los pensamientos de ella hasta llegar a casa.

Pensaba en otras cosas; había recibido mi regalo, mi boleto a Asia estaba completo, sólo tenía que llegar, subir a mi cuarto, y juntarlo con los demás billetes que había ido ahorrando. Por fin, por fin. Por fin en casa y con algo más en la cabeza aunque fuera con los ojos cerrados.

Saqué el sobre de mi gaveta para guardarlo todo, y para mi sorpresa había dejado entre los charcos y las ganas de huir (o sobre algún diente de león afortunado) uno de los dos billetes de cincuenta. No hace falta decir que Putamadre se quedó corta como expresión. Mala experiencia, mala idea, mala vivencia, malo todo!

Y ni siquiera pude maldecir suficiente. El teléfono sonó, mamá subió a mi habitación, y me dijo que acababa de hablar mi abuela, que había yo dejado mi regalo, y que ahí estaban mis cien dólares (nuevamente) para que después los recogiera.

Una de cal por ciento cincuenta.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: El peor día.

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