Un tipo con mala cara.*

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Es la sala de espera. Van apenas seis horas de vuelo de las trece y pico que se harán en total (mas tres de espera, porque aunque ya puedo ver el avión desde hace dos, no nos han llamado para abordar). La hora anunciada cambia sin razón, sólo se atrasa. Los ojos se agotan y el cerebro ya no da para más, sólo puede esperar. Y espero ya sentado, con cambios de posición en el cuello, la mirada, o la cabeza, cada vez menos pose y más desparrame de cuerpo.

El vuelo de los que van a Hawái (que se iba una hora después que el mío) ya ha salido. Aún faltándoles más de diez horas de vuelo, estos americanos ya llevan casi el collar de flores y poco falta para la caipirinha en la mano. Tres vuelos han salido a Nueva York y todavía nada. Nuestra hora sólo sigue retrasándose.

He recorrido toda esta ala del aeropuerto. Ya comí, he merendado, y mi estómago sigue insatisfecho. He cambiado divisas e incluso he visitado y revisitado tiendas para ver si comprando el tiempo pierde su peso, pero nada ha conquistado a mis ansias de gasto. Ya no aguanto los pies pero, aún escurrido sobre el sillón, quisiera seguir caminando como si tuviera q huir, escapar, o simplemente no parar. Y es que estos grises en las alfombras y los tapices de la sala, en lugar de calmar, después de tres horas sofocan, ahogan, hacen recordar que llevamos aquí más de ciento ochenta minutos respirando el mismo aire que este montón de gente, y aunque el avión sea diez veces más pequeño, mínimo promete un aire nuevo.

Todo lo que pienso parece el llenado de una hoja de reclamación, pero en realidad no estoy tan agobiado. Los aeropuertos me divierten. Después de tanta entrega de pasaportes, visas, documentos de identidad, etcétera, es donde más anonimato tiene un ser humano con una maleta de mano, tres tipos de moneda en la cartera, y un par de pies más cansados que las suelas que están debajo.

A decir verdad, me parece hasta simpático escuchar la misma voz en cualquier lado del mundo para indicarme si mi vuelo está por salir, o si tengo que tener cuidado con mis “belongings”. Me pongo siempre a pensar como niño pequeño: cómo le hace este señor para estar aquí y allá, ¿venía con nosotros en el avión?, este hombre habla todos los idiomas tan claros que da envidia, pobre de él que pasa todo el día hable y hable sin saber cuántos le ignoran y cuántos de verdad le hacen caso, o cuántos como yo se preocupan por lo que hace. Pero bueno, parte de los descansos que se da mi mente. El cansancio nos lleva a ideas ligeras, pensamientos laberínticos que nos hacen abrir los ojos en un punto fijo hasta que nos damos cuenta y recuperamos un poco del aire que nos falta. Y vuelvo a la realidad.

Estoy cansado, sí, pero en realidad no estoy tan agobiado. Es simplemente huir mentalmente de lo que me espera cuando baje del dichoso avión al cual se supone me quiero subir. Ha pasado tanto tiempo que no sabía que esto era una posibilidad, y ahora que casi la palpo me dan ganas hasta de vomitar aunque no se me mueva un solo dedo. Voy de regreso. Y eso más que cansarme, agobiarme, o ponerme contento, me pone enfermo.

Soy el pasajero del 14J. Ya estoy sentado. Pasillo. La azafata ya está dando las indicaciones de vuelo; que si la bolsa de aire, el salvavidas, la bolsa de mareo (lo único que posiblemente use y no precisamente por mareo). Yo mejor cierro los ojos negando este presente. Cuando aterrice y mis pies estén en tierra, la vida mostrará lo que me espera.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: De viaje.

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