Archive for mayo, 2011

29 mayo, 2011

Una de cal.*

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El peor día, según mi memoria, recuerdo haber dejado mi bicicleta, la del asiento de piel morada, recargada en la pared del tapiz de flores rojas con motivos hippies-sánscritos que sólo mi abuela cuida como oro.

La bici estaba ahí porque sólo iba a entrar por los cien dólares (regalo atrasado de cumpleaños) que ella había dejado para mí en el plato antiguo que usa para las llaves sobre la cómoda de la entrada, justo abajo del espejo con el marco pesado.

Afuera llovía, así es que cuando aventé mi impermeable al perchero fue lo único de mi persona que casi rosa la otra preciada pared, mitad madera y mitad tapiz a rayas. Sobre ésta, nada puede recargarse jamás. Jamás.

Cogí los dos billetes que había olvidado por salir de prisa para ir a casa y disfrutar el paseo con lluvia en la calle. Una vez en mis manos y a punto de salir, cogí el impermeable, y fue cuando todo empezó a llamar mi atención; una sudadera desentonaba con la ropa formal que estaba colgada. No era mía y estaba en el suelo. Era una talla más grande, o al menos así parecía, y la única persona joven que visitaba a la abuela era yo. Los primos ni siquiera vivían aquí. Volví a girar el cuerpo como si acabara de llegar a la casa y fue cuando mi paseo, guiado por esa rareza, empezó.

Cuando mi abuela se queda sola, no hay sonido alguno en casa, pero a lo lejos oía su voz o algo muy parecido a ello, y la voz de otra persona que sonaba a nadie que yo conociera.

Seguí por todo el tapete que cubre la duela del corredor para no hacer ruido. Los ventanales de la sala dejaban entrar el eco sordo del pasto empapado en el jardín de atrás, y la mampara opaca que separa salón y recibidor dejaba entrar la luz de las lámparas gemelas que están a ambos lados del sofá más grande. Su luz temblaba. Quizás la lluvia –pensé. Pero conforme me iba acercando al origen del ruido más pistas dejadas había para mí; un par de huellas de lodo estaban casi al iniciar la alfombra, y mientras mis ojos se abrían más y mis oídos trataban de interpretar, pude oír cómo la voz de mi abuela era obstruida por algo, como si le taparan la boca, y la voz del dueño de la sudadera se oía baja, como si le hablara amenazante, somo si fuera a hacerle algo.

No voy a mentir, quise salir corriendo y pedir ayuda pero algo me mantuvo ahí. Dudé en darle la vuelta al salón y llegar por la cocina para encontrarme con un cuchillo o mínimo un sartén, pero mis ojos se quedaron fijos en los utensilios de forja para la chimenea que hay en la casa sin razón, mera colección de cosas viejas, útiles sólo ese día, como el platón de las llaves o el tapiz del corredor.

Entré e inmediatamente el arma que sostenía cayó hasta mis pies. La señora de la casa, con las medias de media pierna puestas y la falda subida, sucumbía a los encantos de un tipo no mucho mayor que yo con el trasero descubierto y con la ropa de un universitario en Domingo. La lluvia no era lo que hacía temblar la luz, nadie le estaba tapando la boca, y él no le iba a hacer nada, al menos nada para lo cual se necesitara un nieto con atizador en mano. El sonido de mi entrada fue tal que los dos me vieron y yo a ellos. Nadie se movió, sólo el fierro que cayó al suelo. Juro que mis pupilas se cerraron tanto que hasta mi iris se hizo más pequeño. Me vi las manos vacías, los volteé a ver, y salí más rápido que los rayos de afuera.

El impermeable lo cogí con una mano, y ya en la calle acabó en los manubrios de mi bicicleta. Estaba más preocupado en cambiar de ambiente y de momento que de mojarme con la lluvia que, para entonces, me estorbaba, me molestaba. Impulsivamente creo que quise hasta rezar, pero era algo más que me recordaba a mi abuela, así es que sacudí mi cabeza para quitarme el agua y los pensamientos de ella hasta llegar a casa.

Pensaba en otras cosas; había recibido mi regalo, mi boleto a Asia estaba completo, sólo tenía que llegar, subir a mi cuarto, y juntarlo con los demás billetes que había ido ahorrando. Por fin, por fin. Por fin en casa y con algo más en la cabeza aunque fuera con los ojos cerrados.

Saqué el sobre de mi gaveta para guardarlo todo, y para mi sorpresa había dejado entre los charcos y las ganas de huir (o sobre algún diente de león afortunado) uno de los dos billetes de cincuenta. No hace falta decir que Putamadre se quedó corta como expresión. Mala experiencia, mala idea, mala vivencia, malo todo!

Y ni siquiera pude maldecir suficiente. El teléfono sonó, mamá subió a mi habitación, y me dijo que acababa de hablar mi abuela, que había yo dejado mi regalo, y que ahí estaban mis cien dólares (nuevamente) para que después los recogiera.

Una de cal por ciento cincuenta.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: El peor día.

29 mayo, 2011

Fútil confesión.*

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Siempre he sentido que la vida la he hecho yo como he querido. Cierto es que hay cosas que no dependen de nosotros y pasan sin que se nos pregunte hacia dónde queremos que vayan, pero siempre he estado convencido de que la vida la hacemos, la llevamos por donde queremos, y que a pesar de que el resultado sea bueno o malo, felices los que lo logramos porque cada-quien-tiene-lo-que-quiere según mi forma de ver las cosas.

No recuerdo la última vez que dije “voy a dejar que la vida me lleve”. De hecho, no sé si alguna vez en realidad lo haya hecho. Tampoco voy a pecar de vanidoso y decir que soy todopoderoso y que la vida me hace los mandados. Jamás. Ya quisiera. Pero precisamente hoy tengo una resbaladilla frente a mí, un paso más y puedo deslizarme fácilmente hacia donde vaya, puedo dejarme ir y no sé si quiero hacerlo. Andar siempre por pasillos que me sean fáciles o familiares no es lo mío porque sé que siempre hay algo más y mejor. Siempre.

El camino a seguir me lo quieren vender de la forma más fácil y cómoda pero, para variar, no deseo esa comodidad. Lo difícil siempre es motivo para luchar y me hace irme muchas veces por el lado contrario a palabras como “sigue soñando”, “no vas a lograrlo” y “¿qué provecho le vas a sacar?”. Todas son solamente motores que han prendido mi fe y mis ganas.

Ahora que la vida se muestra un poco más cruda de lo normal, soy yo el que procesa preguntas y desvaríos de seguridad en la mente, y me da miedo irme por la resbaladilla donde no hay nada que temer y parece que todo es facilidad. Pero ése no soy yo. Quiero seguir en el camino que me dicta el pecho. No es ser impulsivo, es ser más intuitivo. Eso me ha dado más satisfacciones que las que hubiera contado si jamás me hubiera encaprichado por algo. Seguro.

Vagar sin rumbo tampoco lo es, andar a la deriva no es lo mío. Lo mío es llevar un camino paso a paso para no sentir que se va por uno solo ya largo y marcado, es simplemente el mío.

Quisiera presumir que nunca me he dejado llevar, pero tristemente estoy a punto de tomar una decisión que parece que me está tirando al lado en el que doy el paso, me dejo llevar, y ya dirá la vida al final del tramo. Pero el paso aún no se da, y mientras lo pienso, la moneda está en el aire y mis ojos puestos en ella.

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* (El post de la semana pasada en “las domingueras“.) Tema: Moneda al aire.

19 mayo, 2011

I was made for loving you (baby).

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El ñoño de clase enamorado de la rubia alta. Cada tercer día lo veo, o bueno, lo medio veo. Evito hacerlo porque me da lástima, me da “penita” como dice una amiga. Una compañera dice que le causa “ternura” pero sé que en realidad también es grima.

Él, es un rocker wannabe. En realidad, solamente un tipo joven, bajo, y de pelo largo (negro, liso, y bien peinado), un tipo al que su mamá probablemente aún le lava los calcetines y cambia las sábanas, un chico bueno con ganas de tatuajes y rastas cambiados por champú con acondicionador y huecos en la ropa que se desgasta.

Ella, es una tipa normal, no es ninguna cara guapa. Pero es rubia, es alta, delgada, y tiene un cabello de los que atrapan. Fotogénica. Personalidad tiene, pero es más seriedad que alma. Ella va con cara de buena, con su arreglo “descuidado“, y su acento extranjero como bandera de ingenuidad muy bien usado. Sabe sacar provecho de todo; explota desde su belleza hasta su “inocencia“, pero sobre todo su amistad con él.

Eso es precisamente lo que se ve aunque no se quiera, inclusive de reojo. Es como si oliera. Y por eso él da esa penita, aunque cada cabeza decide si le da grima su buena educación (su bondad), o la saliva a punto de escapársele de los labios (su pendejez).

Ella se encarga de tenerlo siempre al lado para respuestas, trucos, tips, y el mejor aprovechamiento de la escuela, pero se ve que jamás lo invita a ningún lado que no sea un café después de las prácticas fuera. Y él se encarga de lo demás; de ilusionarse, de darse esperanza, de crear imágenes para sus pajas en cama (la que mamá le cambia cada mañana). El conocimiento es su fuerte y no le cuesta compartirlo, mucho menos con la rubia de clase; su “amiga” de tareas, su nueva “compañera”. Al precio de una tarde de repaso casi palpa sus ideas.

Lo triste es que, seguro, siempre debe esperar más (después de cafés o repentinas); llevársela a casa, justo ahora, mamá va al médico y no está. Y ella también, seguro, espera más (tomando el café y en horas de escuela); llegar a casa, ver a su novio, echarse un buen polvo, y hacer la siesta sin más.

Y el novio, ese novio que muestra en las fotos, el que está presente siempre en los dibujos y en cada trabajo en el que puede exponerno incluso desnudo, desaparece a la hora de las miradas fijas hacia el ñoño de pelo largo que se deja distraer en clase mientras ella aprende preguntándole, al fin que él se desvive por contestarle, y poco importa; cambia de lado su pelo y ya está.

Por todo esto digo que los veo y prefiero muchas veces no ver. Pero huele a que eso pasa. Vamos, que apesta. Y debo admitir que de escoger bandos estoy mucho más del lado de ella, pero es casi inevitable el sentimiento hacia el pobre hombre apostando a que hoy es el día, que hoy se atreve y que gana, que no habrá un olor a sábanas nuevas sino una rubia en su cama, porque al fin y al cabo él es un rockstar (aunque eso no se vea bajo su pijama de dos piezas).

17 mayo, 2011

María, la puta to be.

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Para María, ilusionarse es la cosa más fácil que existe. Solamente le hace falta una cara bonita y esbelta para que sus ojos recorran el resto del cuerpo que la sostiene y empezar a soñar, para pensar en un acercamiento pronto, imaginarse nerviosa pero feliz mientras le tratan de seducir (porque le cuesta trabajo seducir, dice).

Hace unos días fue Fernando, un tipo de pelo largo (no algo común en sus gustos pero fue de pelo largo), largo y obscuro, con una camiseta blanca y unos vaqueros. Una barra y sus brazos cogiendo una bebida con cola que se rellenaba cada que los hielos hacían ruido en el fondo eran el marco ideal en ese bar de poca luz. Eso, y sus pectorales marcados en la nívea camiseta. Su mente acelerada, dando rienda suelta a sus deseos, entendió por qué los hombres matan por un concurso de camisetas mojadas.

Un poco más: dejó que sus ojos se comportaran como casi nunca; recorriendo los brazos, manos, uñas, el pelo negro, el pelo negro de su nueva esperanza, todo lo que se podía ver hasta que vio que sus ojos se encontraban con los suyos. Y es ahí cuando perdió. Esos ojos obscuros rodeados de pestañas, rodeados de esa cara, esos brazos, ese pelo, y esos pectorales que se seguían viendo tras la camiseta no podían estarle prestando tanta atención (eso no era posible, dice).

Convencida de ello, la plática fluyó. Todo mejor de lo esperado, pero incapaz de sentirse el objeto de tanta atención continuó hablando sin más, sin acercamiento mayor, sin coquetería. Fue una plática que se alargó horas y que sus pupilas agradecieron porque pudieron seguirle viendo sabiendo que no se atrevería a hacer más.

Pero bueno, ilusionada estaba (y también algo mareada). Borracha de ilusión y algo llena de alcohol. ¡Qué más da! Una ilusión que se irá. Nada que una noche de barra no pueda volverle a mostrar.

17 mayo, 2011

Berrinche.

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¿Y yo, cuándo?

¿De plano este tipo de dicha no me toca en esta vida?

Es triste -pensé-.

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Pero por lo visto así es la vida; unas cosas por otras, unas logradas por otras perdidas, libertad o comodidad, felicidad o tenerlo todo. Y así podemos seguir enlistando.

Hoy vi otra vez ese tipo de ojos en los que la mirada brilla mucho más que las palabras que puedan salir de la boca. Como si lograran hablar de una imagen en un parpadeo. Era felicidad pura. La emoción, esa emoción, parece que se iba a salir del iris, la piel parecía que le brillaba más, y la sonrisa era de lado a lado aunque a penas llegara a mover los labios.

Le he felicitado. Y me dio mucho gusto verle así aunque sólo sea una compañera de clase. Mucho gusto, de verdad. Aunque algo muy adentro se movió en mi estómago. Tuve un sabor diferente en mi saliva y estaba seguro de que era el único en el grupo al que le estaba pasando eso.

Prometo que no fue envidia, la vida ha sido buena conmigo. Simplemente fue ese niño interior que jamás se va de mí el que quería también el dulce que la niña rubia tenía, quería que mi jardín fuera tan verde como el de al lado, y que mi sonrisa fuera tan evidente aunque tratara de ocultarlo. Sonreí porque fue algo que sentí de verdad al congratularle, pero la diferencia fue que tenía una ligera línea chueca que sólo se dibujaba entre mis dientes y el paladar. No fui hipócrita, así pasó. Por eso mi queja interior, mi reflexión hacia nadie ni nada sino a mí mismo, mis palabras diciendo que quiero el mismo dulce, que quieren decir en verdad “felicidades”, pero también “cómo me gustaría estar en tus zapatos”.


16 mayo, 2011

Un tipo con mala cara.*

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Es la sala de espera. Van apenas seis horas de vuelo de las trece y pico que se harán en total (mas tres de espera, porque aunque ya puedo ver el avión desde hace dos, no nos han llamado para abordar). La hora anunciada cambia sin razón, sólo se atrasa. Los ojos se agotan y el cerebro ya no da para más, sólo puede esperar. Y espero ya sentado, con cambios de posición en el cuello, la mirada, o la cabeza, cada vez menos pose y más desparrame de cuerpo.

El vuelo de los que van a Hawái (que se iba una hora después que el mío) ya ha salido. Aún faltándoles más de diez horas de vuelo, estos americanos ya llevan casi el collar de flores y poco falta para la caipirinha en la mano. Tres vuelos han salido a Nueva York y todavía nada. Nuestra hora sólo sigue retrasándose.

He recorrido toda esta ala del aeropuerto. Ya comí, he merendado, y mi estómago sigue insatisfecho. He cambiado divisas e incluso he visitado y revisitado tiendas para ver si comprando el tiempo pierde su peso, pero nada ha conquistado a mis ansias de gasto. Ya no aguanto los pies pero, aún escurrido sobre el sillón, quisiera seguir caminando como si tuviera q huir, escapar, o simplemente no parar. Y es que estos grises en las alfombras y los tapices de la sala, en lugar de calmar, después de tres horas sofocan, ahogan, hacen recordar que llevamos aquí más de ciento ochenta minutos respirando el mismo aire que este montón de gente, y aunque el avión sea diez veces más pequeño, mínimo promete un aire nuevo.

Todo lo que pienso parece el llenado de una hoja de reclamación, pero en realidad no estoy tan agobiado. Los aeropuertos me divierten. Después de tanta entrega de pasaportes, visas, documentos de identidad, etcétera, es donde más anonimato tiene un ser humano con una maleta de mano, tres tipos de moneda en la cartera, y un par de pies más cansados que las suelas que están debajo.

A decir verdad, me parece hasta simpático escuchar la misma voz en cualquier lado del mundo para indicarme si mi vuelo está por salir, o si tengo que tener cuidado con mis “belongings”. Me pongo siempre a pensar como niño pequeño: cómo le hace este señor para estar aquí y allá, ¿venía con nosotros en el avión?, este hombre habla todos los idiomas tan claros que da envidia, pobre de él que pasa todo el día hable y hable sin saber cuántos le ignoran y cuántos de verdad le hacen caso, o cuántos como yo se preocupan por lo que hace. Pero bueno, parte de los descansos que se da mi mente. El cansancio nos lleva a ideas ligeras, pensamientos laberínticos que nos hacen abrir los ojos en un punto fijo hasta que nos damos cuenta y recuperamos un poco del aire que nos falta. Y vuelvo a la realidad.

Estoy cansado, sí, pero en realidad no estoy tan agobiado. Es simplemente huir mentalmente de lo que me espera cuando baje del dichoso avión al cual se supone me quiero subir. Ha pasado tanto tiempo que no sabía que esto era una posibilidad, y ahora que casi la palpo me dan ganas hasta de vomitar aunque no se me mueva un solo dedo. Voy de regreso. Y eso más que cansarme, agobiarme, o ponerme contento, me pone enfermo.

Soy el pasajero del 14J. Ya estoy sentado. Pasillo. La azafata ya está dando las indicaciones de vuelo; que si la bolsa de aire, el salvavidas, la bolsa de mareo (lo único que posiblemente use y no precisamente por mareo). Yo mejor cierro los ojos negando este presente. Cuando aterrice y mis pies estén en tierra, la vida mostrará lo que me espera.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: De viaje.

8 mayo, 2011

Josué.*

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Querida Maestra:

No he traído mi tarea para el día de las madres porque no he sabido qué poner y no quería que todas las cartas las leyeran en clase aunque no dijeran el nombre. Casi no quería  ni ir a clases, y aunque a veces me invento un dolor de estómago, mi mamá es como doctora y todo lo sabe.

Tuve muchas ideas pero ninguna me gustó. Todas eran de niño chiquito y, como ya tengo 9 y medio, no me gusta que se puedan burlar.

Mi mamá, estoy seguro, no necesita cartas. Yo creo que sabe que la quiero. Ella me dice que desde que yo estaba en camino ya me esperaba, y que cuando supo que era un niño no dejaba de repetírselo; “tuve un niño, tuve un niño”. Yo creo que yo también en el hospital no dejaba de repetir que tenía una mamá, a lo mejor no sabía cómo decirlo pero yo creo que también lo estaba pensando. Yo creo que por eso lloramos al principio, no sabemos reírnos y gritamos con fuerza. No me acuerdo quién me enseñó a decir mamá y papá pero seguro también que fue ella, como también estoy seguro de que me ayudaba con las velitas de mis pasteles cuando era pequeño.

Recuerdo cuando me ponía mi pijama japonesa. Me gustaba mucho. Y cuando secaba mis pies después de la ducha. Y siempre me acuerdo también de la tarde que hicimos animalitos con plastilina en el comedor, toda la tarde, hasta que papá llegó y le enseñamos lo que hicimos. No se me olvida la jirafa.

A veces nos enojamos, pero luego nos abrazamos. Y me abraza siempre con mucha fuerza, pero no me aprieta, como cuando Anita me cortó y ya no quería ser mi novia el año pasado; adivinó desde que llegué que algo me pasaba, igual que adivina cuando tengo un reporte, o cuando le digo que me regalaron un animalito en la veterinaria y sabe que lo he comprado yo.

Mamá siempre me dice que me quiere y yo le digo que yo también. Yo creo que por eso una vez llenó el pasillo de casa con mis trabajos del kínder, y ahora con mis diplomas. Yo no le he hecho carta como mis compañeritos porque ya le habíamos dado un regalo ayer con mi papá. Pero no hice carta porque iba a ser el chiqueado de la clase, porque sentía que todos iban a saber lo que iba a poner. Pero quiero que sepa que en su cumpleaños sí le voy a hacer una carta para despertarla con las mañanitas y los regalos que le va a comprar mi papá también. Y que cuando ya no la vea para arriba y sea más alto que ella yo también la voy a abrazar con mucha fuerza sin apretarla, y que la voy a querer siempre más y más.

Josué.

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Josué hizo esta carta cuando le encargaron un ensayo sobre el día de las madres. La dejó en el comedor al lado del pastel, mientras yo estaba sirviendo el café. Prefirió entregársela aquí en la casa porque la maestra también es su mamá.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Madre, mami, mamá.

4 mayo, 2011

Te describo, madrugada.

Como esa neblina densa y peregrina que baña con púrpuras promesas de claridad las calles y las cortinas. Eres Esperanza en otro color de vestido, augurando aires templados cuando todavía punzan agudos y fríos.

2 mayo, 2011

Todos teníamos un tarro en la mano.

Y creo que es la primera vez que Iván habla de la niña que le dio el primer beso de verdad. Y digo de verdad porque así dice que se sintió. Ya era hora y eran edades en las que las cosas se volvían de verdad. Dice que es la primera vez que lo habla porque también tenía una duda: ¿los hombres hablamos alguna vez del “primer beso”? A éste, Iván lo bautizó así, pero ¿habrá alguno que lo tenga registrado de verdad?

A los quince casi dieciséis años, o dieciséis casi diecisiete, una niña un año menor le puso una canción melosa y decidió ser la que agarrara el toro por los cuernos y plantarle un beso de los de a de veras. Y dijo de a de veras porque para ese entonces él ya había dado besos al por mayor, desde el kinder, escribía cartas intensas en la primaria, ya las lenguas no le daban miedo, y tampoco se espantaba fácilmente. Ya se había quitado los pantalones varias veces (o se los habían quitado), y no tenía medallas, pero ya sabía de luchas cuerpo a cuerpo, sábana contra cabellera, y pelos contra alfombra o duela. Digamos que el que le cayera de sorpresa el beso fue lo que le dio plusvalía, le puso un nuevo término al jugar con labios y cuerpos, y además, éste tenía de fondo una canción almibarada, una de “te jodiste si te gustó porque vas a sufrir, y se jode si no te gustó porque ella va a sufrir”, una canción con piano de fondo y una voz que sufría un poco pero derramaba algo empalagoso.

Así fue como pasó. Hoy oyó la canción y le sacó una sonrisa con ganas de carcajada. Por eso nos habló de ella. Según él, muy vivido, estaba curado de espantos. Pero faltaba una canción y una niña con pantalones para ver que al chavito que creía saberlo todo aún le faltaba mucho. Mu-cho.

2 mayo, 2011

Un Domingo más.*

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Sin un peso en la cartera y la vida sigue; el sol sale como si nada, la luna le huye como es su costumbre, y el cesto de basura sigue lleno hasta que alguien lo vacíe. La única diferencia hoy es numérica, es efímera, y casi tradicional. No hay ni un céntimo en la bolsa pero así debía ser; la noche, la fiesta, los amigos, y los tragos que no dejaban de aparecer hasta que la mañana abrió la puerta de salida. En lo obscuro del after fueron seis vasos de agua (plain water), porque al final ya no había ni ganas, ya no se juega con las tarjetas después de las tres, la energía se iba agotando poco a poco aunque la música iba en una curva contraria, y los amigos no se querían ir.

Se han burlando nuevamente las finanzas, la ley antitabaco, y las responsabilidades del día siguiente que en realidad eran horas siguientes porque el sol ya charlaba con el cadenero. Y así, como Pulgarcito dejaba pan, esta gente ahora deja billetes, firmas, y monedas dibujando el camino que siguieron desde la cena hasta el desayuno convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono. Así nada más. Después, el arrepentimiento, y que ¡qué locura!, que nunca más, y mucho menos con la cartera vacía, que ¡qué barbaridad! Pobre barbaridad. Pero eso sí, pobres de anécdotas jamás; hay tantas como las vueltas que se dan en la cama mientras se esperaba impaciente a que pase el resacón. Así es la vida de amigos; soles que no dejan de brillar, la mofa de finanzas, y días enteros a dieta de comidas ingeniadas con lo que haya en el hogar.

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* (El post de la semana en “las domingueras“.) Tema: Sin un peso en la cartera.